Fósil

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Me han pedido matrimonio solamente dos veces en toda mi vida. La primera fue a mis 21. Y caí redonda. Él era mucho mayor, tenía su propio departamento, pero cargaba siempre con las llaves de casa de Sara en el bolsillo. Todas las noches, a eso de las 7 pm, iba a darle un baño a su hija, ponerle el pijama y darle un beso de buenas noches. A menudo se quedaba a dormir porque la pequeña tenía pesadillas. En el sillón, supuestamente. Le dije que sí totalmente convencida (y no sé si volví a estar tan segura de algo), pero nunca firmamos ni nos tomamos la foto. Poco más de un año después me di cuenta de que él iba a pasar el resto de su vida viviendo en las dos casas. Así que me fui. La segunda fue a mis 27: mi mejor amigo, que en ese entonces era mi room-mate, se había quedado soltero. Pasamos un par de días completos viendo las dos primeras temporadas de Lost y comiendo chatarra para paliar su tristeza. Cuando por fin apagamos la tele, desconcertados por el descubrimiento de ese botón que cada 108 minutos alguien debe apretar para salvar al mundo, prometimos que si ninguno de los dos encuentra pareja estable, contraeremos nupcias con bombo y platillo antes de que yo cumpla 40.

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