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El borracho que se cree invisible (fragmento)

Existe un personaje clásico que aparece en todas las fiestas: El Borracho Que Se Cree Invisible. Quiere robar un libro, manosear a una chica, beberse el trago de otro y, no importa cuán subrepticiamente crea él que se desplaza por la habitación, todos los ojos lo miran, lo compadecen o, de plano, se le ríen en la cara… La honestidad de un escritor es una ilusión peligrosa, sobre todo para él, porque lo convierte en eso: lo convierte en el borracho que se cree invisible. Un tipo con una misión banal y un poder fantasioso. Por ejemplo yo, ahora, tratando de convencerte de que soy honesto en mi aburrimiento y holgazanería, y de que Dios y el papa son temas fútiles comparados con el goce de consumir, sin más por qué, unos cuantos centímetros de prosa.

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Viento

un poema,
una hoja
de papel
sobre
la calle
(este día soleado es otoño en el parque)
sin embargo
flotan
un periódico
hojas secas
y el poema
en el aire
(el papel es un parque soleado de otoño)
y la calle
es una hoja
seca
en el poema
del día
(el otoño es un papel en el parque)
y este día
flota
la calle
entre las hojas
(un periódico es un poema en el aire del otoño).

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Las cosas

Se van yendo las cosas
en un ritual tranquilo.

No sé si desaparecen
o sólo cambian de lugar.
Pero cada vez son menos
las cosas y parecen perderse
alrededor de mí
en una blanca neblina.

Esa luz de la tarde las protege.

Los días se van llevando las cosas que he querido.
Con pasos secretos, a mi espalda
se desvanecen. Las cosas
pequeñas, provisionales. Las cosas
que supuse que eran mías.

Y cada vez me siento
más solo, pero más ligero.
Un emigrante, digamos,
que va perdiendo su equipaje
pero no lo lamenta.

Creo que mi vida
ha sido un ir dejando cosas
extraviadas, inútiles
y queridas
en lugares que he olvidado.

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Gravedad

Cada vez que me acuerdo del zapato
de la hija de Bullock en la cinta
premiada con un Óscar, Gravedad,
yo siento un llanto donde nadie escucha,

donde no hay ley momentum angular
y escombros que nos llegan del futuro
le ha preocupado tanto ese zapato
y mamá da con él bajo la cama.

Me imagino que el llanto me protege
contra los ángeles y sus trastadas:
asteroides errantes en la noche.

Me da rabia sentir que estoy llorando
por una niña falsa, de mentiras,
Isabela desnuda en el futuro.

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Poema celular

Tu corazón bombea 343 litros de sangre
cada hora.
Es decir, más de 8, 000 litros de sangre
al día.
Como 3 millones de litros de sangre
al año.
El equivalente a llenar de sangre
cuatro albercas olímpicas.

La vida es un ensueño de ingeniería atómica.

Come frutas y verduras.

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Nada nuestra

Nada nuestra
que estás en la nada,
nada sea tu Nada;
venga a nosotros tu nada;
hágase tu nada
así en la nada como en la nada.

Danos hoy nuestra nada de cada día;
perdona nuestras nadas
como también nosotros
a los que nada;
no nos dejes nada en la nada,
y líbranos de nada.

Nada.

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Yo nací joven

Esto lo saben los árboles más viejos
y las nubes que empiezan a formarse.
Sigue lloviendo,
pero la tierra está tranquila
y el viento se ha refugiado
en las alas de un pájaro serpiente.
Por mi ventana veo tanto cielo
que mis ojos se van y a veces no regresan.
Yo veo y oigo y huelo y toco y paladeo.
Y esto me ocurre como al agua natural
que nadie ve.
Estoy perdiéndome sin horizonte,
y cuando me tropiezo con el tiempo,
creo que la muerte tiene tanta vida
como yo en ese instante.

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Táctica y estrategia

Mi táctica es favearte,
aprender como posteas,
quererte como stalkeas.

Mi táctica es mandarte un inbox
y que me dejes en “Leído”,
construir con emoticones
un puente indestructible.

Mi táctica es aparecer en tu timeline
no sé cómo ni sé con qué pretexto,
pero que me agregues a tus listas.

Mi táctica es trollearte
y saber que eres franca
y que nos compartamos selfies
para que entre los dos
no haya telón ni abismos.

Mi estrategia es en cambio
más profunda y más simple;
mi estrategia es que un día cualquiera,
no sé cómo ni sé con qué pretexto,
por fin te vuelvas meme.

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Lo que pasa

Mi madre me da en secreto tres billetes doblados
sabe que me avergüenza
por eso lo hace así
parada en una esquina de la casa
mientras mis sobrinas hablan a unos metros

sabe además
por mis silencios
y porque es mi madre
por el dinero que ha puesto en la mano de mi hija
y también se ha quedado callada
que hoy no lo rechazaremos

mi padre hizo lo mismo
me llamó
y desde la cama en donde reposa hace un año
puso en mi mano
como quien coloca algo que no debe ser nombrado
un regalo que a ellos los deja con menos
con mucho menos de su escasez

así
apretando su amor entre mis manos
enfrento estos días

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Cómo -no- hacer el amor

Desnudé mi alma y mis miedos y comencé a acariciarle los suyos.

— ¿Qué haces? — me preguntó asustada.

— Tranquila, se llama amor — respondí, mientras le tomaba de la mano.

— Deshazlo — me contestó.

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Monólogo del mal

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y
estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena
vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico
el Mal pensó:
“Esto no puede ser más que una emboscada; pues si
yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente
va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de
vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad
y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la
gente pensará que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla
de sus moldes mentales consistentes en que lo que
hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien.”
Y así el Bien se salvó una vez más.

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Nada dos veces

Nada ocurre dos veces
y nunca ocurrirá.
Nacimos sin experiencia,
moriremos sin rutina.

Aunque fuéramos los alumnos
más torpes en la escuela del mundo,
nunca más repasaremos
ningún verano o invierno.

Ningún día se repite,
no hay dos noches iguales,
dos besos que dieran lo mismo,
dos miradas en los mismos ojos.

Ayer alguien pronunciaba
tu nombre en mi presencia,
como si de repente cayera
una rosa por la ventana abierta.

Hoy, cuando estamos juntos,
vuelvo la cara hacia el muro.
¿Rosa? ¿Cómo es la rosa?
¿Es flor? ¿O tal vez piedra?

¿Y por qué tú, mala hora,
te enredas en un miedo inútil?
Eres, pues estás pasando,
pasarás —es bello esto.

Sonrientes, abrazados,
intentemos encontrarnos,
aunque seamos distintos
como dos gotas de agua

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La tristeza

La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharlo. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero.

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Las ciudades y la memoria. 2

Al hombre que cabalga durante mucho tiempo por tierras selváticas le dan ganas de ver una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol con incrustaciones de caracoles marinos; donde fabrican violines y catalejos artísticos; donde el forastero indeciso entre dos mujeres encuentra siempre a una tercera; donde las peleas de gallos degeneran en sangrientas riñas entre apostadores. Él pensaba en todas estas cosas cuando deseó ver una ciudad. Isidora es la ciudad de los sueños, con una salvedad: la ciudad soñada lo albergaba siendo aún joven, pero llega a Isidora ya viejo. En la plaza está la tapia de los ancianos que ven pasar a la juventud; él está sentado junto a ellos. Los deseos son ya recuerdos.

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La ciudad

Dijiste:
“Iré a otro país, veré otras playas;
buscaré una ciudad mejor que ésta.
Todos mis esfuerzos son fracasos
y mi corazón, como muerto, está enterrado.
¿Por cuánto tiempo más estaré contemplando estos
despojos?
A donde vuelvo la mirada,
veo sólo las negras ruinas de mi vida,
aquí, donde tantos años pasé, destruí y perdí.”

No encontrarás otro país ni otras playas,
llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad;
caminarás las mismas calles,
envejecerás en los mismos suburbios,
encanecerás en las mismas casas.
Siempre llegarás a esta ciudad:
no esperes otra,
no hay barco ni camino para ti.
Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,
la has destrozado en todo el universo.

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9

Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo.

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(sin título)

No me gusta lo fundamental. No me gustan, por ejemplo, las personas con gorrito. ¿Te gustan los gorritos? Una amiga me dijo, de un tipo con el que salía, que su gorrito le daba mucha personalidad. Si me pongo un parche en el ojo, ¿sales conmigo? Me gustaría llenar la ciudad de mantas negras. Tapar edificios enteros con mantas negras.
Tapar a políticos enteros con mantas negras. Agregarle misterio al misterio que le falta. Volver el día una funda. Comprarme un gorrito. Comprar cien gorritos. Comprar cien mil gorritos.
¿Crees que le vendría bien a nuestra relación, llegados a este punto y dadas las circunstancias, un gorrito? También podríamos ponerle un parche. Agregarle misterio al misterio que le falta. O llenarla toda de palomas: quitarle la funda, quitarle lo mental.

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"La primera persona” (fragmento)

Mi mañana comenzó viendo un cadáver en la esquina. Un muerto súbito, parece. Me planchaste una camisa que olvidé en tu casa a mediados del 2008. Tenía una manta blanca por encima y una veladora a cada lado. Estoy confundido: ¿crees que debería guiarme por el deseo de hacer algo importante?
Había una señora llorando contra el pecho de un hombre. ¿Importante para quién, en todo caso? Ya escuché la letra de la canción que me dijiste. Un muerto súbito, parece.

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La primera persona

Ayer, mientras cenábamos, se abrió una puerta a otra dimensión junto a nosotros. Te debo una categoría por cumplir los treinta años. Por dos mil pesos mensuales, ¿te cambiarías el nombre a “Personita”? Mensajearnos es una forma de hacer origami con el tedio. ¿Tú crees que existe un límite de tolerancia a la ambigüedad distinto para cada individuo? Si sí, el mío debe de estar a la vuelta de la esquina, y me da miedo que alcanzarlo signifique el derrumbe de todo esto.

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Cielito lindo

Como una madrugada
donde tú y yo
miramos el cielo
desde una hamaca roja
llegarán más poemas.
Como la piscina
que brillaba a tres pasos
de una hamaca roja
y como las gotitas del agua sobre tus pecas
van a brillar.
De espaldas a quienes hablan a mis espaldas,
de frente y para ti
únicamente.

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Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida

Ella pensará que mi genoma deletrea sin matices la palabra traición. Entre fiestas de espuma perdí la capacidad de leer el futuro en cada espejo de las bolas disco. Mira qué lejos se ve desde aquí el esplendor blanco del polen que se eleva sobre la pista. Mira qué remota suena la respiración del invierno en que aprendimos a congelar bengalas mientras nuestros ojos perdían el control.

Mientras yo te perdía.

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Vamos a tomar nuestro café y a terminar nuestras novelas y a echarnos al sol y a sentarnos en la oscuridad

Vamos a tomar cerveza y mirar Facebook y escribir poesía sobre llamas y hacer videos de nosotros borrachos caminando a través de una tormenta nocturna en una urbanización cerrada en Massachussets. Vamos a ducharnos por separado y a encontrarnos en la cama. Vas a apagar la luz y voy a sentarme en la cama y un auto va a pasar por la calle y sus luces delanteras a través de la ventana van a iluminar brevemente tu ceja izquierda y tu cara entera mientras te me acercás.

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El cíclope

Primero hay que vivir, decía Claudia, y era difícil no estar de acuerdo: antes de escribir había que vivir las historias, las aventuras. A mí no me interesaba, por entonces, contar historias. A ella sí, es decir no, no todavía; quería vivir las historias que años o décadas después, en un incierto y sosegado futuro, contaría. Claudia era cortazariana a más no poder, aunque su primera aproximación a Cortázar había sido, en realidad, un desengaño: al llegar al capítulo 7 de Rayuela reconoció, con pavor, el texto que su novio solía recitarle como propio, por lo que rompió con su novio y comenzó, con Cortázar, un romance que tal vez aún perdura. Mi amiga no se llamaba, no se llama Claudia: protejo, por si acaso, su identidad, y la del novio, que entonces era ayudante de cátedra y ahora de seguro da clases sobre Cortázar o sobre intertextualidad en alguna universidad norteamericana.

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Poema de los drones

Nadie rebaje a lágrima o reproche
una aeronave que vuela sin tripulación humana a bordo
esta declaración de la maestría
también conocida en español como vehículo aéreo no tripulado
de Dios, que con magnífica ironía
pretende reproducir la facilidad de vuelo del abejorro
me dio ala vez los libros y la noche
pero también entrega pizzas.

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Fósil

Me han pedido matrimonio solamente dos veces en toda mi vida. La primera fue a mis 21. Y caí redonda. Él era mucho mayor, tenía su propio departamento, pero cargaba siempre con las llaves de casa de Sara en el bolsillo. Todas las noches, a eso de las 7 pm, iba a darle un baño a su hija, ponerle el pijama y darle un beso de buenas noches. A menudo se quedaba a dormir porque la pequeña tenía pesadillas. En el sillón, supuestamente. Le dije que sí totalmente convencida (y no sé si volví a estar tan segura de algo), pero nunca firmamos ni nos tomamos la foto. Poco más de un año después me di cuenta de que él iba a pasar el resto de su vida viviendo en las dos casas. Así que me fui. La segunda fue a mis 27: mi mejor amigo, que en ese entonces era mi room-mate, se había quedado soltero. Pasamos un par de días completos viendo las dos primeras temporadas de Lost y comiendo chatarra para paliar su tristeza. Cuando por fin apagamos la tele, desconcertados por el descubrimiento de ese botón que cada 108 minutos alguien debe apretar para salvar al mundo, prometimos que si ninguno de los dos encuentra pareja estable, contraeremos nupcias con bombo y platillo antes de que yo cumpla 40.

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Seven Eleven

El Seven Eleven me da serenidad.
Cuando me aborda la desolación
ese vacío irrepresentable
que se aloja en el cuerpo
como una memoria fina y sin palabras,
camino rumbo al Seven a comprar mis cigarros.
Siempre en la misma esquina y siempre abierto
ese establecimiento me hace sentir
que hay algo inamovible,
alguien en quién confiar aunque sea tarde.

De día o de noche guarda la misma luz,
un halo atemporal tan necesario
para alguien como yo, que aún teme a la noche,
y piensa que la vida es algo que se pierde
irremediablemente.

De pronto ahí está el Seven
con sus franjas alegres verdes y naranjas,
el piso de cerámica industrial,
los amplios refrigeradores siempre limpios.

He pensado si este bienestar tendrá algo que ver
con aquella tiendita de la infancia
y creo que no.
No es la nostalgia lo que me lleva ahí,
es el reverso, quizá, de la nostalgia,
el presente absoluto ante esos mostradores
que me recuerdan más a una juguetería.
La niña que descubre la inmensa variedad
de las galletas,
no es la niña de ayer, es una niña actual
ante la oferta de colores, de diseños,
de formas:
envolturas, cajitas, latas, frascos,
los objetos pequeños y aprehensibles
que dan un íntimo sentido a la existencia.

Tomo mi Coca, como siempre,
la primera en la fila del refrigerador
y los otros refrescos se deslizan.
Ahí están las maquinitas del café,
los vasos de sólido cartón,
tapas, popotes, sobrecitos.
Sobre otro mostrador, tres salchichas brillantes
dan vuelta sobre la parrilla encendida.

Todo parece funcionar al margen de los hombres.
No importa si alguien tuvo que limpiar,
acomodar productos, conectar aparatos,
no importa ni siquiera si conozco al empleado
que me cobra, si quiero saludarlo.
No voy al Seven en busca de compañía o afecto
sino de un orden simple
que pertenece más a los enseres.

Cada quien tiene su Seven,
algunos tienen su Oxxo.
Es cuestión de colores o de marcas.
Pero los solitarios nos damos cita ahí,
repetimos los mismos movimientos
y sin intercambiar palabras,
entendemos.

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Ya no

Ya no
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme.
Nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

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