De niño me rentaban mis papás

para que fuera a llorar a las fiestas
me ponían una falda rosa
y me mandaban con los cachetes pellizcados

los niños se reían de mí
las niñas me ofrecían, contentas
una taza de té inexistente
y yo lloraba
no por lo amargo de la infusión
sino porque nunca
y lo digo como si mordiera una cebolla
nunca lloré sinceramente.

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