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Aviones de papel para un cielo raso

Aquí, bocarriba, en la cama y sin palabras,
los ojos clavados en las paredes,
lanzando pensamientos como aviones de
papel hacia el cielo raso.

Aviones de papel entre muros, pájaros trazando
presagios entre manchas y grietas.
Afuera, la tarde como un caballo de fuego,
en un país donde silban más balas que niños,
y desempleados escuchando canciones de
en las tiendas de discos.

Aquí, bocarriba, en la cama y sin palabras,
tu recuerdo regresa y se sienta en la orilla,
mis manos tantean el aire, preguntan
aquella forma tuya de llenar la nada.

Resulta inevitable sentirse triste,
como alguien saliendo de una fiesta en la que nadie
ha querido bailar con uno.

En peores lugares nos ha cogido la noche –te dices–
recordando todos tus naufragios, y hasta las hormigas
gritan cuando les cortan la cabeza,
aunque no podamos escucharlas.

Entonces te sientas en el gastado borde de la cama,
como uno de esos soldados que arman y desarman
su pistola con los ojos cerrados,
como un pianista de películas mudas,
mientras cae el último avión desde el cielo raso.

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Amar

Un día a mí me sucedió el caso de amar. Yo estaba andando por el parque Santander, y en eso como de las 5:30 llegó una niña como de 12 a 13 años de edad en un carro grande, negro y elegante, entonces en ese momento cuando la niña se bajó, dentro de mi cuerpo sucedió algo maravilloso, algo que nunca había sentido en mi corazón, yo me le acerqué con nervios porque parecía seria y casi no amigable, cuando le dije hola, resulta y acontece que ella no era así como yo pensaba, era una persona alegre, juguetona, feliz, contenta y divertida. Al siguiente día ella ya no me conoció, en ese momento se me fue toda la alegría y lo principal, lo que era amar. Pero resultó que ella no estaba brava conmigo, si no con sus padres, pero conmigo estaba bien. A los tiempos terminamos siendo novios. En ese entonces tenía 10 años.

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Uno

Eso la deprime. Todos son alguien, todos saben qué quieren, todos entienden hacia dónde se dirigen. Y no, ella no. Ahora, en este momento, ante ese semáforo, tiene una chaqueta, un reloj extraplano, unos jeans viejos, un saco lila de hilo cuello de tortuga, el pelo negro cogido atrás con una bamba de cuadros azules, unas medias grises con líneas y ositos rojos, un brasier deportivo blanco talla 32, una camiseta común y corriente y unos calzones de algodón para evitar irritaciones secretas, pero ¿no son iguales todas sus amigas del colegio?, ¿no hay gente por ahí, en la calle, que ha comprado el mismo saco lila y el mismo reloj?, ¿no la confunden todo el tiempo con la protagonista de María Cristina me quiere gobernar, la telenovela de moda?

Abrir los ojos se ha vuelto un martirio para ella. Porque no, ella no es nadie. O bueno, sí, es una mujer que no quiere ser madre. Una mujer que así, de un solo golpe, busca ser nadie.

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El juego de las escondidas

Te recuerdo
tocando los timbres del barrio,
echarte a correr, y devolverte emputada porque
te mentaban la madre.

Una noche, jugando a las escondidas,
escogimos la misma casa abandonada,
la misma habitación, el mismo rincón de
ruinosas paredes.

Mi corazón era un sapo de patios de invierno
que amenazaba con romperme las costillas.
Nadie vino a decirnos que el juego se había acabado,
entonces en lo oscuro fuimos un par de animalitos
sacándose las plumas con sangre.

Hace tres mundos de aquello.
Ayer en la calle nos vimos de reojo,
apresuramos el paso y pronto nos dimos la espalda,
como dos invitados a una fiesta de disfraces
que se rehuyen.

Se conocen demasiado para jugar a las máscaras
entre ellos.

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5

Suelo es la tierra que sostiene,
el piso que ampara, la fundación
de la existencia humana. Sin él
no se implantan ciudades ni puede alzarse el poder.
“Los pies en la tierra”
decimos para alabar la cordura,
el sentido de realidad.
Y de repente
el suelo se echa a andar,
no hay amparo:
todo lo que era firme se viene abajo.

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4

A los amigos que no volveré a ver,
a la desconocida que salió a las seis
para ir a su trabajo de costurera o mesera;
a la que iba a la escuela para aprender
computación e inglés en seis meses,
quiero pedir disculpas por su vida y su muerte.

Ruego que me perdonen porque nunca encontraron
su rostro verdadero en el cuerpo de tantos
que ahora se desintegran en la fosa común
y dentro de nosotros siguen muriendo.

Muerto que no conozco, mujer desnuda
sin más cara que el yeso funeral,
el sudario de los escombros, la última
cortesía del infinito desplome:
tú, el enterrado en vida; tú, mutilada;
tú que sobreviviste para sufrir
la inexplicable asfixia: perdón.

No pude darles nada.
Mi solidaridad de qué sirve.
No aparta escombros, no sostiene las casas
ni las erige de nuevo.
Pido, al contrario,
para salir de mis tinieblas,
la mano imposible
que ya no existe, o ya no puede aferrar
pero se extiende todavía
en un espacio de dolor o en un confín de la nada.

Perdón por hallarme aquí contemplando,
en donde estuvo un edificio,
el hueco profundo,
el agujero de mi propia muerte.

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Tssssssssss

Se desinfla un globo
dentro del que viaja un niño pobre

no tenía nada
su estómago era un puño

el globo: único adorno de la sonrisa de un niño

tsssss

se desinfla la generosidad del globo
la sonrisa
el puño cerrado sigue dentro del niño

dije que era pobre el niño pobre

tsss

de algún sitio se escapa el aire
el elemento vivo

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La cueva

Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.

He oído que mamá ha muerto.


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Vanidad

Todo esto porque creí que yo era el sol, y que si me apartaba de ti tendrías frío. Todo esto porque pensé que yo era el pozo, el río, el agua que da vida, y que si me alejaba de ti tendrías sed. Todo esto porque imaginaba que en mi vientre nacía el pan, la leche y la miel, y que si te apartaba de mí morirías de hambre. Todo esto porque noche a noche pensé que respirabas de mi cabello y mirabas por mis ojos, este solitario túnel donde anidan las arañas. Todo esto porque era fácil y, confundible, serlo todo.

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Viernes. Departamento.

Luego recordarás estos días como los más felices de tu vida, piensa Alejandra. Te conoces, sabes que querrás volver. Pero ya no podrás. Volver ya no será posible en cuanto compres el pasaje, en cuanto subas al avión. Sufrirás menos, es cierto. Pero nunca lograrás amar a nadie tanto. El final de la violencia y el final del amor, piensa Alejandra, echada sobre su cama. El final de la intensidad. La resignación, ser como las demás. Curarse, superar el primer amor, lamer las heridas hasta que cicatrizan. Huir. Él podría seguirme, piensa. No lo hará y yo lo sé y aún así decido partir. ¿Partir viene de partirse?, se pregunta Alejandra, le gustan esos juegos de palabra, los ojos cerrados, ¿es cortarse en pedacitos una misma, botarlos al aire, desunirlos? Los lugares antes de los lugares y después de los lugares, piensa. Los lugares invisibles, piensa. Y luego añorarás regresar y ya no se podrá. Todos habrán crecido, otros también harán viajes parecidos. ¿En qué tipo de hombre se convertirá él? ¿En qué tipo de mujer me convertiré yo? En una a la que ya no harán sufrir tan fácilmente, piensa. En una que nunca volverá a amar así. Hablará con sus padres esa semana, verá qué dicen. Está segura de que su padre se alegrará mucho. También anunciará la posibilidad en la oficina. Sería curioso que decidan ascenderme o incrementarme el sueldo, piensa Alejandra. Abre los ojos. La estantería, el techo, las paredes. Suena el timbre.

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Soltar la cuerda

Nunca aprendimos a saltar la cuerda.
Mis padres la olvidaron
en el bazar de Presidente Errázuriz
dos nueve cero uno.

Al techo del lugar sigue amarrada,
balanceando a mi abuelo.

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Vamos al colegio

Como todas las mañanas, he vestido a los niños y los he colocado en el asiento trasero para que sigan durmiendo. Enciendo el coche y el motor se va calentando, desentumeciendo. El invierno es crudo y prefiero no abrir la ventana para que los niños no pasen frío. Corro a la cocina a preparar su bocadillos y no hay mantequilla, el queso también se ha terminado y tengo que abrir una lata de atún. Cuando encuentro el abrelatas ya se nos ha hecho tarde. Corro al garaje. Apenas puedo respirar. Los niños no se despiertan.

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Aquí estoy

Aquí estoy yo como después de un viaje
con mis brazos cansados y las piernas torpes
con las pesadas bolsas de los ojos,
el olor de la cocina
y mi pensamiento que se extiende
largo y enredado como carretera en las montañas.
Aquí estoy como después de un viaje
y digo para mí que estoy en casa
con la débil excusa del libre albedrío.

Aquí también está la tarde
igual que yo
como después de un viaje.

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Soy buena copiloto, aunque no lea mapas y pasen…

Soy buena copiloto, aunque no lea mapas y pasen
los carteles a la velocidad de la luz

nunca me duermo ni dejo solo
al conductor con su magia
en avanzada constante. Soy

buena copiloto y ya: desde los cuatro lo sé y cada
viaje o este único
largo viaje interminable

con su movimiento marcan
su propia realidad. Cuando fui chica la familia
nucleaba en su chevy naranja
el terror de la huida. Ahora

como toda copiloto sé
no hay viaje sin fuga y nada hay
que no haya
empezado en algún dolor.

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El amor es un toro mecánico del que nadie se baja con elegancia…

Una atracción de feria
abandonada,
desafiando la intemperie.

Todos se paran frente al toro y se dicen
Yo puedo con él. Todos, sin excepción, confían
en sus talones
y se montan a la violencia eléctrica
de su lomo. Confían todavía cuando el movimiento
se inicia,
como si una mano poderosa e invisible
echase una ficha al aparato
sin previo aviso.
El clic metálico se recorta en el sonido,
una topadora minúscula
derribando
al silencio de un empujón. Entonces todo comienza, y ya
no hay manera
de emprolijar el cuerpo, esa forma
de la que antes creíamos tener dominio y que ahora
se nos revela
como si hubiese estado esperando su turno
comiéndose las uñas
desde que le pusieron nombre.

Si yo fuese un ratón
preferiría
perder mi cola en la trampa
antes que mi queso.

Una y otra vez.

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Desconexión

Desconecté el refrigerador
no hay nada en sus entrañas
y no tengo para el pago de la luz

he desunido todo cable
estoy a oscuras
en la recámara
donde hace unas horas tomé ropa
y junto a dos bicicletas
las di por ciento veinte pesos
al vigilante del residencial en donde vivo

reservé zapatos con la suavidad de un guante
dos pantalones y prendas que todavía fingen bien
pasan por nuevas si no se miran con atención

tanteando las paredes
desciendo la amplitud de la casa
la última vela se enciende
huelo su fulgor de jazmín
mi sombra de fiera derrotada se proyecta
pero
después de caminar desnuda
de contemplar la elegancia de un vaso de agua
miro la abundancia en mi cuerpo
tengo esta piel que el sol ilumina cuando llega
mis pechos pequeños y despiertos

calma
paciencia
todo se trata de cambiar los hábitos:
escribir con luz de día
y escuchar el mundo por la noche

voy a mutar

solo se trata ahora
por un tiempo
de ser noche

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Un caballo…

un caballo
parado
debajo de la lluvia
como si no
lloviera

así quiero estar
desnuda entera
debajo de la lluvia
como si nada
como si nadie
me hubiera
tocado nunca
haciéndome más frágil

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Peor es nada

De tan solo que estaba y a falta de alguien a
quien abrazar, se la pasaba abrazando toda
clase de causas (perdidas).

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De niño me rentaban mis papás

para que fuera a llorar a las fiestas
me ponían una falda rosa
y me mandaban con los cachetes pellizcados

los niños se reían de mí
las niñas me ofrecían, contentas
una taza de té inexistente
y yo lloraba
no por lo amargo de la infusión
sino porque nunca
y lo digo como si mordiera una cebolla
nunca lloré sinceramente.

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Cartas suicidas

La gota que horada la piedra
Hace un hoyo en mi corazón sentimental
Mi novia de la prepa
Y el hijo que maté
Me están mirando

La botella que me rompí en la cabeza
El juguete perdido hasta hace unos días
La figura de vidrio que rompí en un intento por arreglarlo todo
Mi primer robo a mano armada
Mi primer día de escuela
También estaban ahí

La última vez que creí en las matemáticas
La derrota frente a la vida
La manzana que tentó a isaac newton
La pérdida de la conciencia

La búsqueda de la conciencia
El teléfono que nunca me supe de memoria
El susto que me dio ese hombre
Luego el día en que lo atropellaron
La noche en que reprobé todos mis exámenes
La emergencia de recitar un poema
El vidrio detrás del cual me escondo

Que todo sea fugaz
Para que ni yo lo olvide.

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Manuel se tarda en la ducha

Manuel se tarda en la ducha
y yo escucho el agua que repica en las losetas
y cómo murmura canciones de Sabina
que ayer no le gustaban.
Él tiene esa gracia de los que saben
calibrar el gusto bajo el agua.

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Conozco a Manuel

Conozco a Manuel
desde que lee a Bolaño
siempre que he visto a Manuel
hemos hablado de Bolaño
Manuel lee a Bolaño todo el día
y toda la noche porque
Manuel no duerme.

Me pregunto qué pasa
si Manuel lee a Bolaño
como cuando cae
un árbol en un bosque
que nadie escucha.

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Biombo indio

Mi abuela tenía un biombo grande.
Indio. Comprado a unos chinos
en una tienda de la capital.
Nosotras nos sentábamos
en el balcón todas las tardes
a saludar vecinas que salían de la parroquia
enfrente de la casa. Yo miraba
los elefantes en el biombo y a las señoras.

Un día mi hermana heredó
el biombo, los elefantes.
Los puso de cabecera en la cama.

Otro día tú y yo hicimos el amor junto al biombo
mientras mi hermana estaba en la India
visitando a su primer amor que no veía
hacía siete años.

Todo como si flotáramos desde entonces
en la memoria de los elefantes.

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Lata de reservas

Hoy mientras hablaba con María
noté que una antigua
cicatriz que tengo desde niña
en mi dedo pulgar izquierdo
se enrojecía nuevamente.
He querido ignorarla
aunque cada vez la herida
retrocede en el tiempo
y parece haber ocurrido hace poco.
Tendría trece, catorce o quince
y me hice una herida con el filo
de una lata de reservas.
Algo tan nimio y mal sanado,
pensé. Hasta ha vuelto el ardor
de la piel regenerada y frágil.
Le dije a María lo que había ocurrido.
Ella abrió los ojos,
se puso la mano en la frente
y buscó en su cuerpo alguna cicatriz
de regreso a su infancia,
o una infancia de regreso en la cicatriz,
por si había sido el momento
de reconocer la herida común
en los caparazones,
por si era que al unísono dijimos
algo que nos regresó en el tiempo
como si la herida hubiera oído
y se hubiera quebrado de callar,
como si las cicatrices hubieran
dado el grito de guerra, despertad,
cicatrices del mundo, doled.

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(Fragmento)

Abrí la jaula. Todos los pájaros volaron en busca de
un árbol. Papá. Corrí tan fuerte como pude. Agarré
coraje y levanté la tapa de la caja donde estabas.
Pero, ¿por qué no volaste para llevarnos lejos de
aquí?

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Spider-Man Blues

Elogio del tiempo antiguo.
Escalabas los viejos edificios
y eran las azoteas
tu dominio completo: tendederos,
pianos en el desvelo, plenilunios
aliados del licántropo y el loco.
Todo el tiempo era tuyo y no sabías.
Patrullabas los barrios sin temores
al asesino en turno. Mayor era tu crimen:
estar en el mundo con dos caras
y en las dos serle fiel al heroísmo
desconocido y breve de ser joven.
Encima la soledad, más vasta que la noche.
Debajo de tu máscara de carne,
tendida sobre tu cama y tus papeles
dentro del corazón, tan desbocado
por mujeres que no te conocieron.

La soledad es músculo del alma.
Bajo las peores lluvias navegabas
y el cuerpo resistía. Era hermoso
entrar por la ventana y despojarte
de tu armadura frágil (una tela de araña
a veces resiste más que las promesas).
Era bueno el fracaso, ir en su busca,
y decir está bien y reírse y no quejarse.

Eras el no ser de todas las muchachas:
ignoraban tu nombre y tu lenguaje.
Menos tu ciudad, tu novia, tu doncella.
Desnuda te recibía cada mañana.

Con su velamen pleno, la Catedral
desplegaba sus formas en la bruma.
Escapabas de clase y ascendías
para ser esas torres y mirar
con sus ojos de piedra.
Tatuabas, en lugares secretos,
tus señales más hondas.
Te quedabas las horas frente a un muro
donde la ciudad, cartógrafa, trazaba
sus mapas de colores.
Tigre de veinte jaspes, el salitre
devoraba las huellas de los hombres.

Eran los tiempos castos del sediento.
Encapuchado el rostro,
Ibas de jaula en jaula, doloroso
como antorcha sin aire.
El amor es difícil dentro y fuera.
Cuando no te querían, te ofrendabas
al hambre de la ciudad y sus sicarias.
El aura de los borrachos y los niños
te negaba los dones del desastre.

Te sentías infeliz y no lo eras.
Eres feliz ahora y es amargo
saber que Peter Parker
vive con una esposa
que lava su camisa y su disfraz heroico.
Ha muerto el Hombre Araña.

Fuiste el único fiel en el velorio.
No pretendas buscar al asesino:
la esquela que leíste
fue escrita con tu letra y con tu tinta.

Ahora te avergüenza
precisar del alcohol en las arterias
para enfrentar la calle. Sales de vez en cuando
y evitas –como el valiente sabio– la pelea.
Patrullas con temor las mismas calles
de una ciudad ajena.
No te duelan el café, los portafolios,
la ganada caricia
que te cierra la herida.

Debajo de la corbata está tu pecho
y en él las cicatrices tejidas por la araña.
Es otra tu forma de ser héroe.
Si lo dudas, perdido entre los otros,
y te crees expulsado de la altura,
reconoce los rostros de tus hembras:
son la calle, la noche, las estrellas,
claras hadas madrinas del oscuro.
Ellas no se han movido
ni dormirán, para velar tu sueño
si sabes ser fiel a sus fulgores
y aprendes a brillar para el muchacho
palpitante en tu carne,
portador de la máscara en la noche.

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For no one

Mañana te espera la ciudad.
Sus sentidos presienten
el color de tu aliento,
la emboscada de lujo de tus ojos,
el compás de las piernas que sostienen
tu cotidiano imperio.
Mañana la ciudad será tuya.
Te negará secretos,
no te dirá su nombre ni tus mapas.
Mas paulatinamente, como el cuerpo
añoso que en el jardín recibe la bendición solar,
hará de tu breve falda su bandera.
Mañana la ciudad será más joven,
con tu sangre en sus venas
y en el aire el perfume de tu nombre.

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Lista de palabras favoritas

aceite
botica
musgo
ìndice
orquídea
pan
cera
suave
cortinas
lago
Kansas
plumonitos
grillo
pardo
biombo

epígrafe
ornado
tempestad y no tormenta

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Texting around

Sucede que me canso de ser community manager
Sucede que entro en las redes sociales y analytics
marchito, impenetrable, como un gif de cisne de fieltro
navegando en un streaming de origen y ceniza.

El olor de las facebook statistics me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de pinterest o de linked in,
sólo quiero no ver memes ni buzzfeeds,
ni wordpress, ni anteojos, ni bromas en ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mi túnel carpiano
y mi pelo y mi sombra en la pantalla.
Sucede que me canso de ser community manager.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un webmaster con un algoritmo cortado
o dar muerte a una diseñadora con un golpe de imprenta.
Sería bello
ir por los links con un cuchillo verde
y poniendo emoticonos de gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo tuitero en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas moradas de la web,
absorbiendo y pensando, comiendo en mi teclado cada día

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Una señora indagó en sus sentidos y descubrió la asfixia

Los cacahuates pueden resultar peligrosos
cuando el camión pasa por un gran bache;
hubieran visto,
fue todo un espectáculo
y era escaso el tiempo para salvarla.

¿Hay algún paramédico presente en esta unidad?

Si con el encabezado “Caricias Salvajes”,
se refieren a que el barrendero
aplicó la maniobra Heimlich en la garganta
y no en el abdomen,
entonces,
estaremos de acuerdo que,
en ocasiones,
uno sí encuentra lo que busca,
aunque no como realmente lo desea

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Nos vemos en la vejez

Esta es nuestra juventud que se adelanta
al pensamiento. Prometo estar en la
vejez y seguir siendo el mismo. Respetando
a la marea tan atinada que producen
tus labios al sorber el té.

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Tuitear a lágrima viva

Tuitear a chorros.
Tuitear la digestión.
Tuitear el sueño.
Tuitear ante las puertas y los puertos.
Tuitear de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del Tuiter.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Tuitear las veredas y los paseos,
y salvarnos, a 140 caracteres, de nuestro TL.
Asistir a los cursos de antropología,
tuiteando.
Festejar los cumpleaños familiares,
tuiteando.
Atravesar el África,
tuiteando.
Tuitear como un cacuy,
como un cocodrilo…
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de tuitear.
Tuitearlo todo,
pero tuitearlo bien.
Tuitearlo con la nariz,
con las rodillas.
Tuitearlo por el ombligo,
por la boca.
Tuitear de amor,
de hastío,
de alegría.
Tuitear de frac,
de flato, de flacura.
Tuitear improvisando,
de memoria.
¡Tuitear todo el insomnio y todo el día!

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Pago inmediato

No duermo bien
la alarma de mi reloj nunca funciona
cierro los ojos y me veo siendo-absorbido
el terror es inconcebible
no sé si me estoy explicando bien
no abro las cortinas
no me quito la bata

una noche lavé mis calcetines
me sentí como un niño
patiné sobre el piso
construí un teatro de marionetas

desde entonces llegan a casa muchas cosas de Amazon

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A. Los boxeadores no podrán usar sus propios guantes

Yo siempre quise echarlo todo a perder.
Darle la espalda al contrincante
y antes del conteo
[entre los vértices del cuadrilátero
y el borde del ring]
tirar la toalla.
Amaestradas las suertes del boicot
artera la coartada antes del derribo
flagrante el bajogolpe
a ojos de réferi preciso
mal colocados los vendajes
personas y cosas
nombres que se pierden.
La pelea ya está vendida
le dije al invisible de mi mánager.
Yo siempre quise apostarlo todo en contra mía.

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Dentro de la caja no hay un cordero

Dentro de la caja está el más bello poema jamás
construido. Fue encontrado en una cueva en el desierto
del Namib. Según los expertos, su autor llegó a la cúspide
en el desarrollo del lenguaje, pues su simpleza, vivacidad,
la cadencia del ritmo y la belleza de sus metáforas,
constituyen la expresión más genuina del alma humana.
Aunque la lengua en la que fue construido aún no se
ha identificado plenamente, los expertos creen que
puede tratarse de un lenguaje ancestral hablado por
hombres y pájaros.

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Cielo a la Robert Smith

Muéstrame cómo haces ese truco que me hace gritar,
dijo ella. Si me enseñas cómo lo haces, te prometo huir
contigo. Naufragaron juntos, los vimos surfear una ola de
notas en aquella discoteca para jovencitos. Bailaron, ella
le envolvió el cuello con sus delgados brazos. Salieron
del tumulto: ella dando brincos medio despeinada,
arrastrándolo de la mano; él venía detrás, como en
sueños. Se detuvieron en la esquina. Él la tomó de la
cintura con repentina violencia, le acomodó dulcemente
el cabello. Abrazados, se arrojaron a un acantilado.

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Los perros de Pavlov

Este experimento es sobre la saliva de los perros. Te
enseño una galleta y oyes un tic tic: salivas. Te enseño
una galleta y oyes un tic tic: salivas. Oyes un tic tic: salivas.
Dicen que Pavlov experimentó con niños, tic tic les
cantaba, tic tic en el almuerzo, tic tic en la comida, tic tic
en la cena. Los niños famélicos y babeantes. La televisión
se enciende con un tic tic. Tic tic un Mercedes Benz,
tic tic un presidente, tic tic saliva de perros.

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Manual del mecánico

SON PRESIONADOS POR el cliente que llama o
supervisa,
está ahí ubérrimo de preguntas
y manos escrutadoras.
Y cuando ajustan una tuerca no pueden, no deben mandar todo al carajo.
Y entonces, cuando hacen, hacen como que trabajan
y suben
y bajan
y hacia la caja de herramientas se enfilan
y llevan bajo sus uñas grasa
y en sus manos olor de aceite
y combustible
y saben que su tiempo no es su tiempo sino de quien paga
y en sus cuerpos hay rastros de un sudor pegajoso
y el cliente
sigue ahí, siempre fijo.
Aprietan un perno, revisan niveles,
verifican las bandas,
con estopa tratan de limpiar la carrocería:
Encender el motor:
Escandaloso ruido de metales que se alejan:
El cliente se ha marchado.

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(Sin título)

Desea borrarlo todo
presionar DELETE.

Mira por la ventana la ciudad incandescente
como un videojuego
sin botón de RESET.

|

(Sin título)

No hagas caso a los maestros,
las únicas opciones
son ser ninja o burócrata.

Raya los volantes que te ofrecen
afuera del metro, las vallas publicitarias
y el televisor, escribe
El rojo es el nuevo azul.

No guardes nada.
Tira los 500GB de porno,
las fotos con amigos,
los tickets de cigarros y cervezas
antes de que te sepulten
al lado de la autopista
con los calzones al revés.

|

(Sin título)

Mi mejor amigo
me despierta a las tres de la mañana
para preguntar
si es posible soñar con robots.

Lo recuerdo
ahora que mis pesadillas
tratan de conversaciones
con tipos que no veo
desde hace seis años
y permanecen
como sombras de aves negras
pintadas en el interior de mis párpados.

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(Sin título)

Bailo para alguien
que no está en la habitación.
Un chico o una chica
que conocí
en un edificio húmedo
y apretó mis piernas
por sorpresa
o toca un bandoneón
hace diez años.
Bailo para conservar
el desconcierto de los músculos
que intuyen en la sombra
a alguien más.

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Tarde de futbol

tira un autogol en la cancha de lujo del municipio
frente a su novia
sobre el pasto súper verde y bien podado
con los tachones oscuros regalo de un partido

tira un autogol
frente a la cuadrilla de limpieza que brinca
avienta sus escobas y cachuchas

tira un autogol
pita el árbitro lo besan los contrarios
lo empujan sus compañeros
lo patea la afición

banderines en el suelo
botellas frituras
sobre bilis sobre orines y cigarros

quiero más grita grita un pordiosero
que deambula
entre la poca afición tumbada
borracha de tropezones

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(Sin título)

Cuídate.
Porque quizá un día de estos
ya no existas.
Con dejar de amarte
estarás muerta.
Y no se sabrá de ti
ni en internet.
Porque mujer que no es amada
–enigma y vanidad, sólo nostalgias–
sencillamente
no es nada.
Yo no inventé eso, ¿sabes?
Hace rato que lo dijo
Coco Chanel.

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Soundtrack

Canciones que cuentan tu historia
sin saberlo.
No importa quién ni dónde,
pero alguien las escribió
pensando justo lo que sientes
al conducir por la carretera a medianoche,
y besar sin aviso a una chica
y acariciarla debajo de la falda.
Como si pudieras cantarlas.
Como si no las escucharas
en los microbuses,
entre motores que aceleran
y neumáticos marcando el pavimento,
como si no fueran tan sólo
algunas notas
del himno de tus huesos.

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Luces

El identificador de llamadas muestra tu nombre.
En la ventana, un hormiguero de gente
construye el segundo piso del periférico.

Algún día, su lugar será ocupado
por autos con las luces encendidas
y los motores en marcha.

Igual que el teléfono, dejarán de sonar.

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Ir y no venir

Ir al Ministerio Público y regresar del Ministerio
Público. Ir a la muerte.
Hacer preguntas acerca de la muerte.
Tomar fotografías de la muerte. Callarse
junto a las imágenes de la muerte. Tener frío.
Escribir sobre la muerte. Sobre las preguntas acerca
de la muerte.
Escribir: muerte. Separar las sílabas. Desentrañar
letras.
Escribir la muerte. Abrirla.

(Una lata de sardinas. Una lápida. Una ventana.)
No volver nunca de la muerte.

Quedarse en la muerte.

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Estas excusas se repiten de una manera predecible

¿Has tenido
sexo sin condón?
¿Has tenido
sexo
estando drogado o borracho?
Ya no hay excusa para estar solo.
Cuando la gente apenas se conoce y aún no sabe si va
como dice el letrero
en la ruta
hacia el mejor trato o la señora obesa que sonríe
sueña con que te mueres porque la ilustración
de tu playera
ofende esos sentimientos religiosos que tú
tal vez perdieras en esa linda fiesta donde todos
te trataron tan bien.
¿Has tenido
recuerdos
de lo que sueñas después de tener sexo
sin condón,
drogado
y
borracho? Ya no hay
—óyelo bien, repite y voltea a ver
sin mostrarle los dientes a la anciana—,
ya no hay
te decía
excusas para estar solo cuando por 15 pesos el minuto
conocerás a gente divertida por teléfono en Japón.

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Nocaut técnico

Yo siempre quise echarlo todo a perder.
Darle la espalda al contrincante
y antes del conteo
[entre los vértices del cuadrilátero
y el borde del ring]
tirar la toalla.
Amaestradas las suertes del boicot
artera la coartada antes del derribo
flagrante el bajogolpe
a ojos de réferi preciso
mal colocados los vendajes
personas y cosas
nombres que se pierden.
La pelea ya está vendida
le dije al invisible de mi mánager.
Yo siempre quise apostarlo todo en contra mía.

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Destino

Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese ya esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.

El hombre es animal de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.

Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.

El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo de un tigre.

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El borracho que se cree invisible (fragmento)

Existe un personaje clásico que aparece en todas las fiestas: El Borracho Que Se Cree Invisible. Quiere robar un libro, manosear a una chica, beberse el trago de otro y, no importa cuán subrepticiamente crea él que se desplaza por la habitación, todos los ojos lo miran, lo compadecen o, de plano, se le ríen en la cara… La honestidad de un escritor es una ilusión peligrosa, sobre todo para él, porque lo convierte en eso: lo convierte en el borracho que se cree invisible. Un tipo con una misión banal y un poder fantasioso. Por ejemplo yo, ahora, tratando de convencerte de que soy honesto en mi aburrimiento y holgazanería, y de que Dios y el papa son temas fútiles comparados con el goce de consumir, sin más por qué, unos cuantos centímetros de prosa.

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Viento

un poema,
una hoja
de papel
sobre
la calle
(este día soleado es otoño en el parque)
sin embargo
flotan
un periódico
hojas secas
y el poema
en el aire
(el papel es un parque soleado de otoño)
y la calle
es una hoja
seca
en el poema
del día
(el otoño es un papel en el parque)
y este día
flota
la calle
entre las hojas
(un periódico es un poema en el aire del otoño).

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Las cosas

Se van yendo las cosas
en un ritual tranquilo.

No sé si desaparecen
o sólo cambian de lugar.
Pero cada vez son menos
las cosas y parecen perderse
alrededor de mí
en una blanca neblina.

Esa luz de la tarde las protege.

Los días se van llevando las cosas que he querido.
Con pasos secretos, a mi espalda
se desvanecen. Las cosas
pequeñas, provisionales. Las cosas
que supuse que eran mías.

Y cada vez me siento
más solo, pero más ligero.
Un emigrante, digamos,
que va perdiendo su equipaje
pero no lo lamenta.

Creo que mi vida
ha sido un ir dejando cosas
extraviadas, inútiles
y queridas
en lugares que he olvidado.

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Gravedad

Cada vez que me acuerdo del zapato
de la hija de Bullock en la cinta
premiada con un Óscar, Gravedad,
yo siento un llanto donde nadie escucha,

donde no hay ley momentum angular
y escombros que nos llegan del futuro
le ha preocupado tanto ese zapato
y mamá da con él bajo la cama.

Me imagino que el llanto me protege
contra los ángeles y sus trastadas:
asteroides errantes en la noche.

Me da rabia sentir que estoy llorando
por una niña falsa, de mentiras,
Isabela desnuda en el futuro.

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Poema celular

Tu corazón bombea 343 litros de sangre
cada hora.
Es decir, más de 8, 000 litros de sangre
al día.
Como 3 millones de litros de sangre
al año.
El equivalente a llenar de sangre
cuatro albercas olímpicas.

La vida es un ensueño de ingeniería atómica.

Come frutas y verduras.

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Nada nuestra

Nada nuestra
que estás en la nada,
nada sea tu Nada;
venga a nosotros tu nada;
hágase tu nada
así en la nada como en la nada.

Danos hoy nuestra nada de cada día;
perdona nuestras nadas
como también nosotros
a los que nada;
no nos dejes nada en la nada,
y líbranos de nada.

Nada.

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Yo nací joven

Esto lo saben los árboles más viejos
y las nubes que empiezan a formarse.
Sigue lloviendo,
pero la tierra está tranquila
y el viento se ha refugiado
en las alas de un pájaro serpiente.
Por mi ventana veo tanto cielo
que mis ojos se van y a veces no regresan.
Yo veo y oigo y huelo y toco y paladeo.
Y esto me ocurre como al agua natural
que nadie ve.
Estoy perdiéndome sin horizonte,
y cuando me tropiezo con el tiempo,
creo que la muerte tiene tanta vida
como yo en ese instante.

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Táctica y estrategia

Mi táctica es favearte,
aprender como posteas,
quererte como stalkeas.

Mi táctica es mandarte un inbox
y que me dejes en “Leído”,
construir con emoticones
un puente indestructible.

Mi táctica es aparecer en tu timeline
no sé cómo ni sé con qué pretexto,
pero que me agregues a tus listas.

Mi táctica es trollearte
y saber que eres franca
y que nos compartamos selfies
para que entre los dos
no haya telón ni abismos.

Mi estrategia es en cambio
más profunda y más simple;
mi estrategia es que un día cualquiera,
no sé cómo ni sé con qué pretexto,
por fin te vuelvas meme.

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Lo que pasa

Mi madre me da en secreto tres billetes doblados
sabe que me avergüenza
por eso lo hace así
parada en una esquina de la casa
mientras mis sobrinas hablan a unos metros

sabe además
por mis silencios
y porque es mi madre
por el dinero que ha puesto en la mano de mi hija
y también se ha quedado callada
que hoy no lo rechazaremos

mi padre hizo lo mismo
me llamó
y desde la cama en donde reposa hace un año
puso en mi mano
como quien coloca algo que no debe ser nombrado
un regalo que a ellos los deja con menos
con mucho menos de su escasez

así
apretando su amor entre mis manos
enfrento estos días

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Cómo -no- hacer el amor

Desnudé mi alma y mis miedos y comencé a acariciarle los suyos.

— ¿Qué haces? — me preguntó asustada.

— Tranquila, se llama amor — respondí, mientras le tomaba de la mano.

— Deshazlo — me contestó.

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Monólogo del mal

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y
estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena
vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico
el Mal pensó:
“Esto no puede ser más que una emboscada; pues si
yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente
va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de
vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad
y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la
gente pensará que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla
de sus moldes mentales consistentes en que lo que
hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien.”
Y así el Bien se salvó una vez más.

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Nada dos veces

Nada ocurre dos veces
y nunca ocurrirá.
Nacimos sin experiencia,
moriremos sin rutina.

Aunque fuéramos los alumnos
más torpes en la escuela del mundo,
nunca más repasaremos
ningún verano o invierno.

Ningún día se repite,
no hay dos noches iguales,
dos besos que dieran lo mismo,
dos miradas en los mismos ojos.

Ayer alguien pronunciaba
tu nombre en mi presencia,
como si de repente cayera
una rosa por la ventana abierta.

Hoy, cuando estamos juntos,
vuelvo la cara hacia el muro.
¿Rosa? ¿Cómo es la rosa?
¿Es flor? ¿O tal vez piedra?

¿Y por qué tú, mala hora,
te enredas en un miedo inútil?
Eres, pues estás pasando,
pasarás —es bello esto.

Sonrientes, abrazados,
intentemos encontrarnos,
aunque seamos distintos
como dos gotas de agua

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La tristeza

La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharlo. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero.

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Las ciudades y la memoria. 2

Al hombre que cabalga durante mucho tiempo por tierras selváticas le dan ganas de ver una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol con incrustaciones de caracoles marinos; donde fabrican violines y catalejos artísticos; donde el forastero indeciso entre dos mujeres encuentra siempre a una tercera; donde las peleas de gallos degeneran en sangrientas riñas entre apostadores. Él pensaba en todas estas cosas cuando deseó ver una ciudad. Isidora es la ciudad de los sueños, con una salvedad: la ciudad soñada lo albergaba siendo aún joven, pero llega a Isidora ya viejo. En la plaza está la tapia de los ancianos que ven pasar a la juventud; él está sentado junto a ellos. Los deseos son ya recuerdos.

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La ciudad

Dijiste:
“Iré a otro país, veré otras playas;
buscaré una ciudad mejor que ésta.
Todos mis esfuerzos son fracasos
y mi corazón, como muerto, está enterrado.
¿Por cuánto tiempo más estaré contemplando estos
despojos?
A donde vuelvo la mirada,
veo sólo las negras ruinas de mi vida,
aquí, donde tantos años pasé, destruí y perdí.”

No encontrarás otro país ni otras playas,
llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad;
caminarás las mismas calles,
envejecerás en los mismos suburbios,
encanecerás en las mismas casas.
Siempre llegarás a esta ciudad:
no esperes otra,
no hay barco ni camino para ti.
Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,
la has destrozado en todo el universo.

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9

Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo.

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(sin título)

No me gusta lo fundamental. No me gustan, por ejemplo, las personas con gorrito. ¿Te gustan los gorritos? Una amiga me dijo, de un tipo con el que salía, que su gorrito le daba mucha personalidad. Si me pongo un parche en el ojo, ¿sales conmigo? Me gustaría llenar la ciudad de mantas negras. Tapar edificios enteros con mantas negras.
Tapar a políticos enteros con mantas negras. Agregarle misterio al misterio que le falta. Volver el día una funda. Comprarme un gorrito. Comprar cien gorritos. Comprar cien mil gorritos.
¿Crees que le vendría bien a nuestra relación, llegados a este punto y dadas las circunstancias, un gorrito? También podríamos ponerle un parche. Agregarle misterio al misterio que le falta. O llenarla toda de palomas: quitarle la funda, quitarle lo mental.

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Vamos a tomar nuestro café y a terminar nuestras novelas y a echarnos al sol y a sentarnos en la oscuridad

Vamos a tomar cerveza y mirar Facebook y escribir poesía sobre llamas y hacer videos de nosotros borrachos caminando a través de una tormenta nocturna en una urbanización cerrada en Massachussets. Vamos a ducharnos por separado y a encontrarnos en la cama. Vas a apagar la luz y voy a sentarme en la cama y un auto va a pasar por la calle y sus luces delanteras a través de la ventana van a iluminar brevemente tu ceja izquierda y tu cara entera mientras te me acercás.

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El cíclope

Primero hay que vivir, decía Claudia, y era difícil no estar de acuerdo: antes de escribir había que vivir las historias, las aventuras. A mí no me interesaba, por entonces, contar historias. A ella sí, es decir no, no todavía; quería vivir las historias que años o décadas después, en un incierto y sosegado futuro, contaría. Claudia era cortazariana a más no poder, aunque su primera aproximación a Cortázar había sido, en realidad, un desengaño: al llegar al capítulo 7 de Rayuela reconoció, con pavor, el texto que su novio solía recitarle como propio, por lo que rompió con su novio y comenzó, con Cortázar, un romance que tal vez aún perdura. Mi amiga no se llamaba, no se llama Claudia: protejo, por si acaso, su identidad, y la del novio, que entonces era ayudante de cátedra y ahora de seguro da clases sobre Cortázar o sobre intertextualidad en alguna universidad norteamericana.

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Poema de los drones

Nadie rebaje a lágrima o reproche
una aeronave que vuela sin tripulación humana a bordo
esta declaración de la maestría
también conocida en español como vehículo aéreo no tripulado
de Dios, que con magnífica ironía
pretende reproducir la facilidad de vuelo del abejorro
me dio ala vez los libros y la noche
pero también entrega pizzas.

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Fósil

Me han pedido matrimonio solamente dos veces en toda mi vida. La primera fue a mis 21. Y caí redonda. Él era mucho mayor, tenía su propio departamento, pero cargaba siempre con las llaves de casa de Sara en el bolsillo. Todas las noches, a eso de las 7 pm, iba a darle un baño a su hija, ponerle el pijama y darle un beso de buenas noches. A menudo se quedaba a dormir porque la pequeña tenía pesadillas. En el sillón, supuestamente. Le dije que sí totalmente convencida (y no sé si volví a estar tan segura de algo), pero nunca firmamos ni nos tomamos la foto. Poco más de un año después me di cuenta de que él iba a pasar el resto de su vida viviendo en las dos casas. Así que me fui. La segunda fue a mis 27: mi mejor amigo, que en ese entonces era mi room-mate, se había quedado soltero. Pasamos un par de días completos viendo las dos primeras temporadas de Lost y comiendo chatarra para paliar su tristeza. Cuando por fin apagamos la tele, desconcertados por el descubrimiento de ese botón que cada 108 minutos alguien debe apretar para salvar al mundo, prometimos que si ninguno de los dos encuentra pareja estable, contraeremos nupcias con bombo y platillo antes de que yo cumpla 40.

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Seven Eleven

El Seven Eleven me da serenidad.
Cuando me aborda la desolación
ese vacío irrepresentable
que se aloja en el cuerpo
como una memoria fina y sin palabras,
camino rumbo al Seven a comprar mis cigarros.
Siempre en la misma esquina y siempre abierto
ese establecimiento me hace sentir
que hay algo inamovible,
alguien en quién confiar aunque sea tarde.

De día o de noche guarda la misma luz,
un halo atemporal tan necesario
para alguien como yo, que aún teme a la noche,
y piensa que la vida es algo que se pierde
irremediablemente.

De pronto ahí está el Seven
con sus franjas alegres verdes y naranjas,
el piso de cerámica industrial,
los amplios refrigeradores siempre limpios.

He pensado si este bienestar tendrá algo que ver
con aquella tiendita de la infancia
y creo que no.
No es la nostalgia lo que me lleva ahí,
es el reverso, quizá, de la nostalgia,
el presente absoluto ante esos mostradores
que me recuerdan más a una juguetería.
La niña que descubre la inmensa variedad
de las galletas,
no es la niña de ayer, es una niña actual
ante la oferta de colores, de diseños,
de formas:
envolturas, cajitas, latas, frascos,
los objetos pequeños y aprehensibles
que dan un íntimo sentido a la existencia.

Tomo mi Coca, como siempre,
la primera en la fila del refrigerador
y los otros refrescos se deslizan.
Ahí están las maquinitas del café,
los vasos de sólido cartón,
tapas, popotes, sobrecitos.
Sobre otro mostrador, tres salchichas brillantes
dan vuelta sobre la parrilla encendida.

Todo parece funcionar al margen de los hombres.
No importa si alguien tuvo que limpiar,
acomodar productos, conectar aparatos,
no importa ni siquiera si conozco al empleado
que me cobra, si quiero saludarlo.
No voy al Seven en busca de compañía o afecto
sino de un orden simple
que pertenece más a los enseres.

Cada quien tiene su Seven,
algunos tienen su Oxxo.
Es cuestión de colores o de marcas.
Pero los solitarios nos damos cita ahí,
repetimos los mismos movimientos
y sin intercambiar palabras,
entendemos.

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Ya no

Ya no
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme.
Nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

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