
Se impone el brillante azul del cielo, luz de sol fugitiva entre nubes sin rumbo. Mis pasos me llevan a un corredor oscuro, y ya es imposible echar vuelta atrás, algo me tiene sujeta de la cintura, todo mi cuerpo se tensa. No es hasta que escucho el sonido del piano que comienzo a respirar con ecuanimidad.
Del fondo de la habitación, dedos filosos y alargados se mueven con velocidad entre las teclas, todo su cuerpo se sacude, es así como comprendo que es una oda de mi llegada y de mi muerte. La hora ha llegado, la hora que detendrá el tiempo, el tiempo sin significado ni trascendencia será petrificado.
He pasado largo tiempo resistiéndome a que esas voces broten, y ahora aquélla melodía desencadena mis raíces mostrando que mis intentos de olvido han sido inútiles. En cambio, las pasiones siguen ardiendo, al parecer el aislamiento las ha fortalecido aún más, ya ni siquiera me escuchan. Siento como esas pasiones se apoderan de mi interior, me mordisquean el alma, duele, me desangro, doy arcadas de dolor, ya no puedo respirar, todo se nubla.
—Una persona que oculta a sí misma su propia naturaleza, no merece vivir—, me gritan.
—No llegamos a ti para que nos reprimas, existimos para ser liberadas, queremos tocar el calor del sol, no el frío de la indiferencia; exigimos que se nos respete por quienes somos, si eres incapaz de valorarnos, iremos al cuerpo de alguien que sí lo haga.
—Esperen —les digo—, ustedes no conocen el mundo como yo, allá afuera nadie las aprecia, todo lo que el mundo busca es productividad, eficiencia, rentabilidad; ustedes son todo lo opuesto a eso, son la calidez de un regazo en la que ojos llorosos pueden confesar libremente sus penurias, son el cobijo de los desesperanzados, son la esperanza de párpados caídos; son lo más sensible y bello que hay, pero se transfigura su naturaleza cada que se les explota para hacer arte, yo tan solo trato de cuidar su pureza.
Escupo estas palabras casi sin pensarlo. Es mi profundidad hablando.
La oscuridad seduce mi cuerpo, haciendo que mis pies cedan al movimiento de la tierra arenosa que me llama hacia el vacío, pero logro detenerme y me incorporo para luego saltar hacia mis adentros. Extiendo mis brazos como un ave que emprende el vuelo para nunca regresar. Ahora tan solo existo, danzando en la nada y el todo, del tiempo sin camino en busca de otro corazón que brille de júbilo por arder de pasión y esta vez no muera por sentir demasiado, tanto que la terminen engullendo.
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