
Noche oscura y sola en la que una decisión unánime se hizo realidad.
Se percataron de nuestra indiferencia, la carencia de amor y respeto, la devoción ciega que incluso sus consagrados renunciaron a experimentar.
Ellos nos abandonaron en un intento por hacernos recapacitar, pero en vez de ir a buscarlos como discípulos arrepentidos festejamos la libertad de no tener que depender de un Alguien que se encuentre en un pedestal.
Los Dioses nos abandonaron; absolutamente todos decidieron dejar de interactuar, de interferir, de lucubrar, de maldecir y de ayudar. Renunciaron a las creaturas que por siglos adoraron su presencia, aquellos que decían amarlos, aquellos que los traicionaron sin siquiera mirar atrás.
Los negocios florecieron, las guerras se convirtieron en un juego de azar, la división formó morada, y la bestialidad y el desenfreno no tardaron en llegar, simplemente una injustificable carencia de humanidad.
Prehispánicos, mesopotámicos, egipcios, africanos, hindúes, griegos, todos los Dioses nos dieron la espalda. Hasta el Dios cristiano decidió retirar toda muestra de predilección hacia aquellos que él mismo decidió guiar.
Incluso los Dioses más humanamente inmorales y perversos, aquellos que sobrepasaban el bien y el mal, no soportaron la mísera vehemencia hacia sus propias pasiones, hacia el abandono total de aquellos que crearon las más oscuras e ilícitas inclinaciones.
Los “Dioses”, ¿los dioses? Aquellos seres sobrenaturales que perdieron todo resquicio de poder y magnanimidad, aquellos entes que subsistían por el mito, aquellos que dependían de la actualización y difusión de su actuar, aquellos que sucumbieron al olvido de sus gentes, aquellos “dioses” que murieron por una inmortalidad olvidada, aquellos que disfrutaron sus años de omnipotencia y paz.
Los dioses ya no volvieron a visitarnos, simplemente abandonaron su creación, abandonaron toda esperanza, la humanidad no sucumbió.
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