
La forma violenta de tu boca de dos alas, las plumas en el centro de tu pecho profundo, en la oquedad que te ha perforado la carne enferma, herida. Estás tan solo y piensas que, si te sacaras los ojos, si bebieras de tus entrañas, de tu gran malignidad, si tus dedos cortos pudieran acariciarte por dentro, de donde nace tu desdicha, quizás así no serías tan miserable. Entonces lloras, tan lleno de ti, cada recoveco abandonado, cada espacio en blanco y lloras, siempre lloras tanto.
Te has quedado atrás y hoy mamá ha muerto, hoy también tú has muerto de una fiebre infernal, porque piensas que nada de esto estaría pasando, a ti, a nosotros, si no hubieras respirado, si hubieras ahogado tu existencia en el líquido que una vez lo fue todo en medio de la nada; que nada de esto me estaría pasando si en ese momento no te hubieran sacado del sueño interminable, si el cordón umbilical te hubiera rebanado la garganta en el vientre de nuestra agresora, si tan solo tú fueras y no estuvieras.
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