
En la ciudad, si tengo suerte, en ocasiones puedo ver la luna y un puñado de estrellas. Recuerdo claramente que cuando tenía once años, en el verano, mi familia y yo hicimos un viaje en carretera con destino a Silao, Guanajuato, y me gustó mucho ver a través de la ventana del coche aquella noche, pues descubrí un cielo distinto al que conocía, uno que sí tenía estrellas, y muchas.
Pasaron 18 años, es una nueva noche de verano en carretera, esta vez con rumbo a Oaxaca, y he tenido una experiencia maravillosa.
Fue algo hipnótico, no podía dejar de mirar la bóveda celeste. Qué fascinante caminar la mirada y seguir descubriendo luces en todas direcciones, desde el punto más alto hasta el horizonte.
Me siento asombrada y bendecida al darme cuenta de que estamos cobijados por un manto de estrellas. Contaba 100 de ellas cuando perdí la cuenta porque mis ojos se colmaron.
Veía y no lo creía.
Las constelaciones son agrupaciones que guardan la distancia perfecta para que cada estrella pueda ser un brillo en la oscuridad. Son chispas de magia.
La magia es real.