Alcantarilla

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Caminando por el centro vi una alcantarilla aproximarse a mi paso.

Mis pies frenaron. Talón, punta.

Las rendijas brillaban como las telarañas en un día de lluvia.

Desvié de izquierda a derecha.

En el movimiento, aprecié detrás de mí una figura humana. Replicó mi esquivo.

¿Por qué lo hizo?

 

Volteé. No pude apreciar su rostro, él miraba la figura que detrás de sí llevaba.

 

Quise correr y al intentarlo choqué con la espalda de alguien.

—¡Lo siento! —grité.

El cuerpo huyó de mí.

 

Alguien tocó mi espalda.

Y unos gritos se perdían detrás.

La espalda de adelante imantaba mis piernas.

La seguía sin saber por qué.

 

Al frente o atrás. Un desequilibrio nos atrapó.

¿Por qué evité pisar la alcantarilla?

Hubiera sido mejor caer y morir en ese destierro urbano.

 

Giré y caminé en sentido contrario. Al inicio funcionó.

Emergía sorpresa de los cuerpos.

Choqué, grité, desvié.

El caos se reformuló: una espalda frente a mí y unos pies siguiéndome.

 

Al poco rato me encontré nuevamente con la alcantarilla.

Me abalancé sobre las rendijas. Y quedé suspendido en su red que se estiraba hasta alcanzar profundidad.

Un resquebrajamiento.

Por fin hubo paz. Dejé de ser una zona media. Nada al frente, nada atrás.

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