
Cuando el ocaso dio paso al anochecer del último día de agosto, despertó de golpe de su larga siesta pues recordó que debía encender la vela. Cerró la puerta de su habitación, abrió el cajón del buró izquierdo y buscó la vela y la caja de fósforos. Colocó la vela en el candelabro de mano y prendió uno de los fósforos, la calma volvió a él mientras la mecha se encendía. Se movió lo más despacio que pudo, tratando de no apagar la llama de su salvación. En ese entonces, se trataba de la única oportunidad de salir ileso si conservaba la vela encendida hasta después de medianoche. También temblaba al preguntarse si duraría encendida hasta el tiempo indicado, ya que no se trataba más que de una vela de 16,5 centímetros y no muy gruesa, lo que significaba un derretimiento estrepitoso en no más de una hora o dos, sin embargo, conservaba la fe en que durara más del tiempo previsto.
Se acomodó de nuevo para dormir y no tardó mucho en conciliar el sueño nuevamente. Mas no contaba que con el movimiento de una de sus manos, la vela fuera a dar contra el suelo, cayendo aún encendida sobre la alfombra. Cuando se dio cuenta del humo y posteriormente del fuego que amenazaba con consumirlo, no pudo hacer movimiento alguno, ni siquiera una sola palabra de auxilio pudo salir de su boca, una fuerza invisible lo oprimía. En un abrir y cerrar de ojos, los vio, siete presencias deformes, inmundas e inenarrables, materializadas en una negrura espectral, rodeaban la cama con sus extremidades expandidas por todo su cuerpo y tapando su boca, mientras gritaban con una terrible voz gorgorea y ronca: «¡Nos has fallado, Diego!».