
Escondida en el primer mesabanco de la segunda fila del salón 303 a las 4:44 de la tarde de un viernes, estaba esta carta:
Mi amada Elisa:
Te odio.
Odio la manera en la que me haces sentir mariposas en el estómago cuando pasas frente a mí y el aroma de tu perfume que apesta a vainilla queda impregnado en mi nariz. Para que lo sepas, tu perfume me causa alergia.
Mi alergia consiste en que no puedo olvidarte. No olvido tu perfume ni cuando estoy practicando voleibol en el gimnasio. No huele a sudor, sino a vainilla; cuando regreso a mi casa, mi cama huele a vainilla, también mi champú de menta; a donde voy, todo huele a vainilla. Huele a ti.
También tu risa me provoca alergia, la escucho en todos lados, no solo en la escuela. A veces quisiera arrancármela de los oídos, pero sé que no puedo. Incluso si lo hiciera, la seguiría escuchando. La llevo dentro de mí.
Por eso te odio.
El odio no es el antónimo del amor, sino su profundo desentendimiento. No importa si odias o amas a alguien, no dejas de pensarle, de sentir el ansia porque te mire, de obsesionarte. Son hermanos de la misma madre.
Lo que más odio es el amor que te tengo, porque no puedo borrarme tu sonrisa de la memoria. La obsesión por tu bienestar me consume. El adorar tu felicidad y el rendirle culto a tu brillo interior me están matando.
¡Ay, Elisa! Pero quiero que me maten. Qué dulce y espantosa es la tortura de odiar el amor que te tengo. No te imaginas lo aterrador que es cuando el corazón me da un vuelco y pierdo el aliento cada que decides regalarme la dicha de tu voz, ni la melancolía que se traga mi cuerpo entero cuando suena la campana y tú debes salir por la puerta para ir a casa o a la cancha. En serio, odio lo bien que te ves toda aguerrida con tu uniforme rojo.
Qué injusticia el no verte la cara para agarrártela a violentos besos, para golpeártela a caricias. Eres una contradicción.
Ahora que ya lo sabes todo, eres libre de odiarme o/y amarme. Haz lo que quieras con esta carta, puedes responderla, quemarla, romperla o guardarla en el fondo de tu cajón. Con mi corazón sólo te pido que no juegues con ella, no es un balón de futbol. Y sé que eres excelente dominando ambos.
No esperaré tu respuesta, aunque me coman las ansias porque me des una.
Tuya, mía y de nadie.
Catalina.
Cierro el sobre, regreso la carta al mesabanco y me pongo a llorar. Qué suertuda es Elisa por tener a alguien que la ame al punto del hartazgo. Hasta que eso pase, amaré cada historia de amor como si fuera mía.
5