
Aunque después de las galas y la alfombra roja
aun podré acordarme de un cuerpo tibio
de los juegos de mi lengua
Yaroslabi Bañuelos
Alada, de los pies ninfa. Nenúfares al alcance de ambas manos. Extasiada, cubierta por el manto de oro. Mira tras la ventana el reflejo lejano de la ciudad, que bien podría ser Nueva York, París, Bruselas, Ámsterdam, o cualquier otra: Pekín, Cádiz, Lisboa, Canea, Varanasi, el mismo Paraíso Perdido.
Ve, ya cansada, el exquisito movimiento egipcio de la cara de su gato, y anhela su talento para el hedonismo. Si (porque siempre debe existir un si), si tan solo no sintiera ese ligero dolor en el hombro que le causó la fuerza de la gravedad a partir de cargar su bolsa todo el día anterior.
Kim, Kim Kardashian, la de labios carnosos, escucha que le dicen. Yo sé que de la carne negra posees grande apetito, por ser magra y, según los mitos, grosa. Pero no podrás mentirte, que este aguayón de carne blanca ha sabido penetrarte en lo profundo y se ha cocinado en tus jugos gástricos.
Y es todo tan difícil, el suntuoso trabajo de la mula. Res. Doble. Ser. A sus pies lo ve. Mejor sería una ficción, en la madrugada fiera del tiempo. Belleza teñida. Cubierta por capas de belleza. Mejor sería, querido Justin, que a tu casa te fueras. Y de cantarme dejaras. Si, y solo si, no te apellidaras Bieber.
Y sí, cualquier otro, Cortés o Rodríguez. Si fueras poeta tercermundista. Si de la trampa fueras partícipe. Y yo otra. Antes o después de yo. Lágrimas pobladas en mi rostro. O la última mirada de tus ojos. Mi muy querido. Más nos valdría si… No, nada nos valdría (salvo el gusto), porque no hay cuestión.
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