
Recuerdo con mortal pulcritud tu partida,
recuerdo tu ceño fruncido, tu mirada seria y,
por supuesto, la ausencia de tu sonrisa.
Recuerdo las palabras hirientes
que me destruyeron día tras día,
tu risa burlona y la superioridad
que hacía tu existencia más valiosa que la mía.
Recuerdo cómo en infierno
se transformaron mis días,
cómo mi fuego implacable, minuto a minuto
se transformaba en cenizas.
Sí, recuerdo cómo tu ausencia daba vida
a los demonios que hace veintiséis años en mi dormían,
cómo los descontrolaba para que trajeran llanto,
incertidumbre, pena, dolor y muerte a mi vida.
Recuerdo, con absoluta claridad, esos días;
recuerdo haberme perdido, desdibujado, maltratado
sí, ¡como nunca lo hice!
Y no, querido,
esto no es un reclamo, esto es sólo para decirte
que el tiempo es sabio,
que descender a las profundidades no es tan malo,
que la soledad se goza y transforma,
sí, en el momento en que crees que ha llegado el ocaso.