
Tengo un archivo, grande y diverso.
Tan grande como mi amor y tan largo como el tiempo que compartimos.
El hecho de que te ame tanto jamás significará que ese sentimiento sea más grande que el que tengo por mí misma, aunque a veces lo pierda de vista.
Por eso existe este archivo.
Mi archivo, revuelto entre papeles, cartas, planes y promesas inconclusas, pero también fotografías y versos incondicionales, guarda también ese amor del que ya hablé.
No es archivo muerto.
No va a quedar en el olvido.
La historia de mi vida contigo está almacenada ahí y es algo invaluable, las historiadoras de los sentimientos podrán ir ahí y regocijarse con la transformación de un proceso que pensamos que no se interrumpiría nunca.
Servirá para que ellas (y yo, y tú también, corazón) rememoremos.
La nostalgia existe ahí como en cualquier repositorio. La idealización y las realidades también. Todo tiene lugar.
Tengo un archivo desordenado que aún no me atrevo a intervenir y prefiero tan solo seguir encontrando.
Tengo un amor hecho pedazos que, eventualmente, se reconstruirá como cerámica japonesa y me contará la historia de nuestros amores, intensos y cálidos, que siguen existiendo en un presente ya lejano pero que no desaparecerá hasta que nuestras vidas se apaguen y este archivo se desvanezca con ellas.
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