
I
A mi medida y la tuya
Tu mano y mi mano
Tus besos y mi boca
Tu aroma y mi aliento
Tu espalda y mi cuerpo
Tu rostro y mis ojos
Tu cuello y mis caricias
Tu nariz y mis labios
Mi pecho y tu corazón
Mis piernas y las tuyas
Mis cabellos y tus dedos
Mi cadera y la tuya
Mi sexo en tu boca
II
Aún lo recuerdo sentado en la barda de aquel viejo Motel donde solía quedarse cada vez que se sentía anticuado y quería renovar su ser, asustando y lanzando piedras a los enamorados que caminaban por aquel callejón llamado “El rincón de Dios”. Y usted era uno de los arcángeles de Dios castigando el pecado de esas parejas precoces.
III
¡Canta! ¡Canta conmigo, corazón adolorido! Comenzamos unas cuantas rimas que nos lastiman, no veo por qué tengan que decirse en voz baja; mientras mayor la gravedad de la voz, se acalla mejor el dolor.
¿Cuántas estrofas tendrá esta canción?
No lo sé, se repiten y se repiten, una y otra vez, sólo hacen más profunda la herida, pero ni cómo dejar de cantar, ¿cuántas veces nos hemos tratado de callar? Pero pareciera que nuestra alma no lo admite.
Canta conmigo, corazón lastimero, mientras tomo en mi mano tu diminuto cuerpo, saco a estrujones tus mejores cantos.
¿Cuántas más nos faltan? No lo sé, solo se repite una y otra, ¿quieres escucharme en un solo? Pero siempre juntos pagamos las consecuencias una y otra vez. Ven, canta conmigo, otra vez quiero escuchar todo lo que queda por cantar, utiliza tus ultimas fuerzas, grita, llora, solloza esta última estrofa. Que al menos en nuestros últimos sollozos agotemos nuestras vidas.
Preferible seguir hasta morir, ¿para qué mantenernos quietos, inmóviles, ahorcándonos? Cantemos poco a poco, mi malquerido amigo, que al menos seamos quienes encuentren primero la muerte.
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