
No existía,
por más que lo quisiera,
redención en el fin del mundo.
Fueron días afligidos.
En el fin del mundo
los canarios dejaban sus baladas,
trinos amorfos se hacían.
Era yo pusilánime.
Hastío imperante,
resollar escabroso.
Ante el final de los tiempos
todo era negro.
Litigio insensato nunca,
pero tampoco involucró,
para mi sorpresa, a más de un par de seres.
Ese fue el final del mundo.
Retoñó contra todo vaticinio:
esos bisontes siguieron pastando,
así como el hombre existiendo.
Nunca terminó en realidad.
Luego de ese lapso tan grande
entendí que,
contrario a lo que defendía,
el mundo nunca se terminó.
Te marchaste,
culpa de esas aguamarinas,
que a su modo penaron
en un tácito secreto.
La odié.
Sin conjeturar cuán mal se sentía.
Se condenó a sí misma.
Peripecia que abrió mis ojos.
Perennita sería tu partida,
no así mis acerbas maneras.
Como esa tierra inacabada, tuve que renacer,
aceptar que el mundo no acababa sin ti.
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