La ciudad innombrable

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«¿Cuál es el centro de la Ciudad de México?». Es una pregunta que cualquiera responde aludiendo a ese perímetro repleto de edificios coloniales, puestos de chucherías, museos y ríos de gente que es el Centro Histórico. Es tan cierto que en el centro histórico se halla la esencia de la Cuidad de México, no podría negarlo. 

Igual de absurda, pero menos aterradora y, sobre todo, menos solemne, me parece la idea de cuestionar a la Ciudad de México fuera de su centro. O, para ser exacto, cuestionar los lugares que han sido conquistados por el centro. 

Para la comodidad de mi ejercicio elijo el lugar que habité durante años, aquél donde crecí. Una zona en el centro sur de la Ciudad de México que es conocida como Coapa.

Puedo probar cómo a Coapa la atraviesa la historia de México. Mil años de este páramo son narrados en el libro Coapa: La Ciénega de la Culebra de Delfina López Sarrelangue. Ahí se cuenta que mi terruño fue lugar de una batalla entre Xochimilcas y Aztecas, cuartel antiturbista en la independencia, resistencia contra los gringos durante el juarismo, hacienda esplendorosa durante el porfiriato y lugar donde estuvieron los zapatistas antes de tomar la Ciudad de México.

Puedo también describir la diversidad que hoy posee. Todo tipo de clases sociales la habitan, tiene escuelas públicas como la prepa 5 de la UNAM y privadas como el TEC; puestos de garnachas y restaurantes caros; vivienda social y fraccionamientos cada vez más exclusivos. Todo en un espacio que puede recorrerse a pie, de norte a sur, en 30 minutos.

Lo que no puedo explicar es su nombre, cómo ha sobrevivido este toponímico nahua durante todo este tiempo. Que sobrevivan las palabras maíz o Tenochtitlán es entendible, una es ancestralmente muy rica y la otra es el fulgor de un imperio que todavía nos ilumina. Sin embargo, Coapa no nombra nada sino un lugar de paso, enmarcado entre tres delegaciones, y en el que cualquier cosa pudo y podrá caber. Coapa es esa palabra para nombrar lo innombrable o lo que todavía no tiene nombre. En ese sentido nos recuerda por qué es imposible comprender a la Ciudad de México y abarcarla con palabras; aunque, tal vez, si somos hábiles, podemos acercarnos a su centro, “nombrarlo”.

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