
Subo al vagón y me interrogo
en cada estación:
¿por qué?,
¿qué pasa?,
¿para qué?
Frente a la ventana coexisten
reflejos; cada uno tiene su
historia:
un abogado divorciado,
una madre viuda,
un desempleado
y luego estoy yo,
que me interrogo.
Agachan la mirada y duermen
(instantáneamente)
para olvidar lo que les abruma.
Pienso
pienso
pienso
y no encuentro la respuesta:
solo lluvia y tierra.
El vagón se para en medio de la
ruta y sigo pensando.
Es un ejercicio de supervivencia:
he contado los segundos que
tenemos antes de que se cierren
las puertas: son cinco. A veces dos
segundos más y otras veces un
segundo menos.
Los pasajeros bajan, pero otros
les impiden la salida o
les bloquean la subida.
Pienso
pienso
pienso
y bajo en mi destino:
no encontré
la respuesta.
El vagón cierra sus puertas
y sigue su camino.
No importa cuánto piense:
otro día pasará.
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