
En mi segundo solsticio de verano,
desde el retorno inesperado a mis raíces,
varias cosas han cambiado,
una de ellas y la más importante
es la ausencia de la frecuente
y extraña sensación en mis entrañas
que hizo arder mi cuerpo
y debilitó mi ser durante mucho tiempo.
Hoy, por fin, puedo decir
que ya no son parte de mí
los días de angustia e incertidumbre,
los traspasos de soledad se han ido,
el vació de cada noche
acompañado de un mar de lágrimas
no se ha presentado.
Ya no volvieron más
los escalofriantes vacíos,
las vísceras ya no volvieron a quemar,
mi espíritu dejó de deambular y regresó al cuerpo que pertenece.
No, no es por la ausencia o la presencia de alguien,
es por la reconciliación de mi alma y mi cuerpo.
Mi ser comenzó a serenarse,
logré acomodar las ideas y coordinar las palabras,
anunciaba poco a poco la ausencia de la ansiedad,
cada tercer día, una vez a la semana y así,
hasta que dejó de ser frecuente.
Después de tanto, después de nada,
algo se restauraba, todo se restauró.
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