
Cuando quería ser astronauta. Cuando creía que estaba marcado porque se me asomaban las costillas. Cuando me peinaba para arriba y no hacia atrás. Ese verano en el que me fui a extraordinario de Introducción a la Física en preparatoria, fue el mismo en que supe que a Serpentina le gusta leer.
Yo de leer, leía poco. Fuera de las groserías que deletreaban mis amigos en las paredes del baño y de cientos “ola k ase”, a lo mejor leí la sinopsis de una novela gruesísima que usaba para detener unas piedras muy padres que tenía formadas por antigüedad en el librero de mi cuarto. Cuando usaba el metro en la ciudad me guiaba por los iconos de colores, tan simpáticos. En el cine veía películas dobladas para ahorrarme los subtítulos. El poema que declamé en la secundaria fue completamente improvisado, me lo inventé, porque tenía catorce años y a esa edad uno no tiene tiempo para otra cosa que no sea quién sabe qué. Ni siquiera leí bien las preguntas en la primera y segunda vuelta del examen de Introducción a la Física. Yo no leía nada. Me defendía del status quo y su adoctrinamiento de changos amaestrados.
Pero uno no puede vencer su condición de primate. Por más que uno haga su luchita y se rasure, no suba los codos a la mesa, y deje de jugar con su popó a cierta edad; aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
Serpentina me dijo que le gusta leer. A mí me gusta Serpentina. No se necesita ser físico para calcular un vector tan simple; yo tenía que escribir algo para que ella leyera. “Al público lo que pida” dijo, seguramente, Cuauhtémoc Blanco antes de hacer como que meaba un poste luego de su gol contra el Celaya. Yo le voy al América y tengo que actuar en consecuencia. Entonces cerré las mil y una ventanas abiertas en mi computadora, que hacía un ruido como si fuera a despegar, y abrí un documento nuevo.
Como no tenía más que un montón de piedras en la sesera, escribí una mamarrachada sosa y pretenciosa que empezaba con “Cuando quería ser astronauta…”. Una basura que solo no dañó al ecosistema porque estaba en Arial 8 y casi no se notaba.
La palabra escrita no me iba a tirar el paro con Serpentina. Pero me hubiera ayudado pedirle a alguno de mis amigos que sostuviera una cartulina en blanco y a otro que rasguñara una guitarra mientras yo me arrodillaba con un peluche fosforescente sacado de la farmacia a ver si así Serpentina se resignaba en vida y aceptaba acompañarme a la posada de mi familia y más adelante al registro civil si se descuidaba.
La escritura no me hacía ni caso. Entonces entendí que yo solito me estaba infravalorando. No tengo ninguna fuente que lo confirme, pero estoy seguro de que el fuego se descubrió sin necesidad de un manual. Miembros honoris causa de nuestra especie consiguieron reproducirse sin dedicar un solo poema. Y que se me caigan los calzones si para mirar la luna se necesita buscar su definición en la enciclopedia. Yo soy un hablador, no Sor Juana.
Fui a ver a Serpentina y le presumí que a mí me gusta escribir. Es más, le prometí que iba a escribirle la novela más romántica en el mundo entero, que digo del mundo entero, le iba a escribir la historia más gentil-erótica-deconstruida-mágico-realista-musical del canon universal y que le iba a encantar.
Gracias a esa promesa, a mi dominio del fuego y al conocimiento que tengo de astrología, Serpentina se quedó sin defensas, a merced de mis primas tiktokeras y de sus papás preguntones en navidad. Pero si quiero regalo también el próximo año, voy a tener que escribir un libro que le guste. Tendré que excusarme ante la comunidad científica y la exploración espacial porque voy a invertir todo mi ingenio en que Serpentina no descubra que soy un fraude. Y nada de esto me estaría pasando si le hubiera dicho que a mí lo que me gusta es ella. Pero uno es chango y se quiere ver mono.
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