
Yo sé poco sobre el mundo del espectáculo, de vez en cuando vienen a mí nombres y no sé exactamente por qué son famosos, si son actores o cantantes o personajes de alguna de las tantas series que me estoy perdiendo. Sin embargo, desde hace un par de años el nombre de Kim Kardashian se ha infiltrado en mi disperso archivo cultural y he tenido que informarme para sobrevivir en las conversaciones cotidianas y en el debate público. Ahora sé, por ejemplo, que parte de su fama se debe a sus cualidades corporales que se enfrentaron al estereotipo de cuerpo femenino que dominó el siglo XX, el de mujeres rubias progresivamente más delgadas. Un canon de belleza occidental que provocó que una amiga creara su mantra adolescente: “Be Britney or die trying”, a pesar de lo imposible de esa operación. Como se ve, el ideal mediático de cuerpo femenino se ha transformado en los últimos años pero no ha ocurrido lo mismo con el deseo de imitación de estas figuras. Si antes solo se deseaba (o se rezaba) ser Britney mientras se veía alguno de sus videos o se hojeaba alguna revista, ahora ese deseo es permanente y más intenso gracias a nuestra cultura de redes sociales y su promesa de hacer del hombre y la mujer común un ícono instantáneo. “Be a Kardashian or die trying” se vuelve el mantra de una nueva generación sedienta de un poco de fama.
Es esta intensificación del deseo de fama lo que motiva a Yaroslabi Bañuelos a escribir en verso una hipótesis: “Si yo fuera Kim Kardashian” para responderse con ensoñaciones de glamour características de nuestra época. En el poema somos testigos de las distancias entre el ámbito deificado de la celebrity, las imágenes de su cuerpo y su vida ingrávida que transita entre hoteles, pasarelas, escándalos y amantes, con la pesadez del existir cotidiano donde el mundo parece gris, carente de sentido, como un “amargo lugar de los sin-nombre”. Para muchas mujeres salvarse de ese purgatorio incoloro de lo convencional solo requiere imaginarse como una Kardashian, crear una imagen de sí cercana a estas celebridades, apoyarse de maquillaje, peinado, ropa, Botox o intervenciones quirúrgicas para presentarlo todo en fotografías con poses, filtros e iluminación convenientes. Cuanta más exposición pública, tanto mejor. Hoy, la imitatio Christi cede paso a la imitatio Kardashian como vía de salvación, una meta no menos traumática o dolorosa que la primera.
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