
Desde que yo era pequeña siempre le pedí a mi mamá que me contara acerca de mis antepasados. Ella a veces hablaba de mi abuela y de su don especial, yo no entendía muy bien a qué se refería. Con este recuerdo, hace días, husmeé entre los muebles de mi abuela y encontré un libro viejo y desgastado con palabras muy raras. Analizándolo con más cuidado supe que eran hechizos.
Al día siguiente, de camino a casa observé a los vecinos preocupados y me acerqué a preguntar qué sucedía: se trataba de don Joel, quien con resaca y asustado dijo: “Seré borracho y lo que ustedes quieran, pero lo que vi fue tan real que hasta la borrachera se me bajó, me encontraba en el cerro del Topilejo cuando escuché gritos y cantos dedicados al mismísimo Diablo, agarré valor y me acerqué, era un grupo de brujas reunidas, fue muy traumático”. Todos estábamos atónitos, el pueblo siempre ha sido un lugar muy tranquilo y nos costaba trabajo creerle al ebrio don Joel.
Sin embargo, la noche siguiente, a eso de las tres de la madrugada, doña Sofía y su esposo Raúl salieron de su casa gritando: “¡Mi hijo, mi hijo, ayúdennos por favor!”. Su bebé recién nacido había desaparecido. Todos los vecinos ayudamos a buscarlo, pero tristemente fue encontrado sin vida, con moretones y sin sangre. “Fue la bruja”, comentó don Joel. Al regresar a casa, me quedé despierta y al amanecer vi que mi abuela llegaba con un caminar presuroso y extraño. Le pregunte qué le sucedía, “nada, duérmete, hija”, respondió. En ese momento se apoderó de mí un escalofrío y un miedo incontenibles, noté que sus piernas eran muy delgadas, como las de un ave, quizá de guajolote. Al irme a mi cama dudé de lo que vi, quizá solo fue mi imaginación y mi cansancio.
Mi vecina Estela nos alertó con enojo y angustia que sus guajolotes amanecieron muertos, sin piernas.
Decidí investigar qué estaba sucediendo en mi pueblo, por qué tantos hechos tan extraños: mi abuela, las brujas, los animales… Estoy escuchando ruidos, es mi abuela, la sigo, la observo realizando un ritual: sangre, plumas, ropa quemada, el viejo libro, patas de guajolote… ahora las historias de mi mamá cobran sentido. Los vecinos no tardaron en seguirle la pista. Al encontrarla culpable el pueblo la linchó con odio y con la esperanza de volver a la paz.
Una madrugada me desperté inconsciente, solo sé que salí a las tres de la mañana y no recuerdo más. Los guajolotes amanecieron muertos de nuevo… ¿Será mi turno?