
Hace un año tenía la cara limpia. Mi rutina era despertar y lavarla hasta sentir el frío del agua calando hasta la espalda. Con el tiempo me pinté. Mis decisiones me llevaron a otros lugares y surgió la trémula necesidad de ponerme una máscara. Fue todo muy rápido, incluso hoy no creo estar en el lugar que elegí, es alucinación, espejismo de un sueño que debió pasar en otro momento.
Mi inclinación por permanecer en este nuevo lugar debería traerme la alegría que tanto quise a los veinte. Pero las resoluciones tardías no son tan benevolentes como algunos predican y los otoños gastados arden en forma de culpa. Me pinto la cara por miedo. Ahora despierto en las mañanas y me lavo las mejillas, la nariz, la frente y el mentón con el palpitante afán de que no se me noten los años, ni esas marcas de horrores pasionales. La máscara viene después.
Me rayo los párpados con lápiz negro, me rizo las pestañas con un pedazo de fierro y las mancho de rímel barato. Alguien de cabello rojo me dijo que en mis pupilas ya no hay fulgores, por eso cubro la piel fina con sombra oscura, color sin luz en el vacío, a lo mejor destella algo. Siento que me oculto, que nadie puede ver por detrás de esta máscara que no puedo retirar, ni siquiera lo intento. En las mañanas sigo teniendo la cara limpia, a medio día ya estoy cubierta, embadurnada y enjaulada. Los barrotes se han mullido, también el deseo de huir.