
El hombre retiró la última hoja de la máquina de escribir y la apiló sobre un legajo de tamaño considerable. Encendió un cigarro y recargó la cabeza en el respaldo de la silla. Destapó la botella de whisky y se sirvió medio vaso. Cerró los ojos mientras el ardor quemaba en la garganta. El manuscrito era imperfecto y eso le molestaba. Tenía planeado terminar todo esa misma noche. Quería enviar al día siguiente el texto con las últimas sugerencias al editor para que se autorizara la impresión. El cigarro se consumió en su mano sin que apenas hubiera fumado de él. Encendió otro y lo dejó en su boca. Cruzó las manos sobre sus piernas en actitud reflexiva. Mientras escribo, leía el título en letras grandes. Se trataba de un relato autobiográfico en el que se había empeñado durante las últimas semanas con el dinero que le sobró de la venta de su auto. Sintió el mareo del alcohol que llegaba a su cabeza. Le sobrevino una sensación de tranquilidad. Aquella noche era el apogeo de su carrera y se sentía bien, muy bien. Sirvió un último vaso y cerró la botella. El aroma de cigarro y un humo grisáceo llenaban la habitación. Recargado en su sillón, el hombre meditaba. Alzó la mirada hacia el librero y reconoció lo que lo había llevado ahí. En las demás habitaciones había más libreros con muchos más libros, pero lo que a él le importaba estaba todo contenido en la repisa más cercana a su mesa de trabajo. Se levantó de la silla y tomó un volumen de los cuentos de Hemingway, lo abrió al azar y reconoció unas líneas de Las nieves del Kilimanjaro. Sintió un gran pesar y suspiró. Se tocó la bolsa del pantalón para comprobar que seguía ahí. Y así era, seguía ahí. Pensó en su novela y en todo lo demás que había querido escribir y que ya no escribiría. Pensó en los libros que ya no leería. Se acercó al legajo sobre la mesa y pasó las hojas entre sus dedos sin detenerse a reparar en ellas. La nota indicaba todo con claridad, la dirección del editor y su voluntad de que se publicara sin regalías.
De la bolsa de su pantalón sacó un revólver y lo colocó en su sien. Ya no sentía el efecto del alcohol. Los espasmos de su llanto hacían que su mano temblara. Cerró los ojos y una lágrima se derramó por sus mejillas. El arma cayó al piso. Todavía temblaba cuando se acercó de nuevo al manuscrito. Todavía no estaba listo, no quería que lo recordaran así.
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