La mano

LA MANO

Órgano de prensión, la mano es también el órgano del tacto

Jean Brun

Estábamos bajo la sombra de un árbol, ella abrió el libro y extrajo flores secas, pequeñas corolas, suaves y delgadas, como papiros. Miré sus manos; algún milagro –pensé– se operó en las cadenas genéticas para que abriera y cerrara sus falanges. Aprieta el puño cuando la ira le viene como un meteoro rojo o estira los dedos si estornuda, y al decir adiós su mano es una hélice florida. 

Qué acierto tuvieron los antiguos, esos seres perdidos en la amnesia de las eras un día doblaron el pulgar y fabricaron armas, desarrollaron la caza, se asentaron en ciudades. La mano se emancipó de sus primitivos ejercicios y reconoció sus facultades intuitivas: la mejilla es redonda como el cuenco de leche, los senos son un talud sanguíneo. Afrontó al mundo, tanteó el peligro de las cosas amparando al resto del cuerpo. Tocaba para sondear temperatura, composición, resistencia. Los dedos eran diez caballeros en dos mesas casi redondas. Después no hubo qué tocar, la intuición fue rebasada por la liebre racional: el mundo táctil cayó a una trampa, esos agujeros disimulados con hojas. Ya civilizada, cazó animales de sombra en los muros, aprendió a hablar con silenciosa gimnasia –como una boca que guarda todas las formas del mutismo–, percutió elegantes escritorios, granizó sobre cálidos cuerpos, tocó terribles puertas, rasgó cristales. 

Ahora las manos se tienen como trofeos de una antigua cacería, se les cuelgan cadenas, anillos y pulseras, preseas que las desligan de su condición primigenia: el tacto. No me refiero a la caricia fantasmal de una pantalla, a tener las yemas detrás del cristal de un zoológico de datos, entrampadas en pixeles, sino al toque sanguíneo que involucraba músculos y huesos. Entre la aleta o el ala, la adaptación nos dio un rayo de carne, una estrella blanda; ni Adán ni Eva fueron insurrectos: fue la mano la que sostuvo el fruto. 

Cuando ella acaricia las flores y siente la vida bajo las yemas, está caminando hacia atrás, millones de años atrás: desenvaina las cosas; le quita falda y pantalón a las palabras, conoce su desnudez original, las pulsa, como botones imprevistos. Desde luego, no toca porque quiera comprobar si el mundo es hostil para habitarlo, sino porque quiere que no sea hostil y habitarlo.  

Semblanza

Estudió Lengua y literatura hispánicas en la UNAM. Es poeta y narrador. Ha colaborado en revistas y medios electrónicos como De-lirioCampos de plumas,  y Letra franca. Ha formado parte de diversos talleres; entre ellos, el de María Ángeles Juárez, el de Roberto Acuña en la FES-UNAM Acatlán y el taller De-lirio, del cual fue cofundador. Participó en la colección Trece poetas contemporáneos más allá de la cuarentena, que organizó la editorial Letra franca.

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