La mecánica de mis pasos

5. LA MECÁNICA DE MIS PASOS

Una leve diplejia espástica me enseñó el significado de la rigidez. Sin remedio, escaneé mis piernas una y otra vez hasta aceptar la mecánica de mis pasos.

Años después, la danza me enseñó el movimiento: una serie de posibilidades que jamás habían pasado por mi ¿mente? No, por mi cuerpo.

Saqué mucho provecho de mi situación. Lo mejor, quizá, una extraña consciencia en las caídas; soy experta en salir poco lastimada por la gravedad, y me agrada. Además, tengo en la memoria nombres y nociones musculares que se adueñaron de mi tiempo, lágrimas, devoción y finalmente, de mi cariño.

Nunca subestimes la maleabilidad de los pies, especialmente la de los pies de los infantes, unas férulas y una cita irracionalmente aplazada por el ortopedista convierten cualquier pie plano en cabo. ¿Lo vale? Dedos en garrita, plantas adoloridas, mejor equilibrio. Sí, lo vale.

El sóleo puede ser un músculo muy necio, parece cargar el resentimiento mitológico del tendón de Aquiles. Los míos son tan fuertes que hacer relevé no me exige ningún esfuerzo, pero pregúntame cuánta dedicación me tomó colocar el talón en el suelo antes que el metatarso. 

Un par de gemelos conocidos como “pantorrillas” hacen honor al corazón no solo con su forma, sino también con su función, de su fortaleza no tengo quejas.

Siguen en la lista tres caballeros a los que juré pueril enemistad, los isquiotibiales. Para mí eran los autores intelectuales de mi incapacidad para dibujar una línea recta con mis piernas y fueron sus fibras musculares las que, por primera vez, se quebraron ante un estiramiento sin tacto.

Inmune al dolor no soy, pero estoy acostumbrada. ¡Ja!

Oh, aductores, más que cupidos son seguidores de La Celestina. No puedo culparlos por completo pues no sé si es por su fuerza o por la debilidad de mis abductores que mis rodillas se han buscado como girasoles sin sol. Por fortuna su amor se diluye, el tiempo y los estiramientos lo curan todo.

Mi favorito es el psoas, el soporte de la columna baja; se engancha a ella como una serie de ligas y envuelve el cuerpo hasta incrustarse en las crestas iliacas. Es un abrazo hecho músculo, un fuerte protector, uno exagerado en mi caso.

Un psoas rígido ha hecho de caminatas pequeñas algo pesado, de mi regla una pila de cólicos y de mi madre una preocupación por el lejano y preferiblemente inexistente día en que dé a luz. Pero el placer de estirar mi espalda no tiene precio.

He aquí la mecánica de mis pasos. 

Semblanza

Nayeli Agaci Bautista Souza. 23 años. Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en la F.E.S Acatlán, UNAM. Amante de la danza y del proceso de aprendizaje de lenguas extranjeras. Voz del podcast “Notas de una méxico-brasileña”.

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