¿Las partes de mi cuerpo?

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A veces siento a mi cuerpo con sus dolores necesarios; la sed y el hambre se lo comen poco a poco con la misma sutileza con la que se desvanecen los días. Me pregunto durante segundos de lucidez, de qué está conformado mi cuerpo, cuáles son las partes que lo constituyen y lo producen. Me pregunto también por la sal que es mi futuro y los minerales que alguna vez fui. Me pregunto por los pétalos que seré, por las ramas de los árboles o las hojas después de que los gusanos me digieran y muera de nuevo en ellos, en nuestra descomposición trágica y maravillosa a la que estamos destinados, para volver a ser unos segundos y regresar al olvido oscuro irremediablemente. Tal vez mi cuerpo se compone de ese pasado, o de ese futuro de flores y árboles. Soy entonces un cuerpo que se desvanece en el tiempo, entre el olvido y la memoria de la naturaleza, soy la sal que abona los pétalos que seré, soy los granos de maíz con  que me alimento, y a veces soy el olvido y el recuerdo de mí mismo en este caminar que gira infinito y que llamamos vida.

Las partes que componen mi cuerpo se entrelazan con la melancolía de los días, de las canciones que me conforman y también de las melodías que se destilan en mis articulaciones y músculos. Soy un cuerpo que se compone, a veces, de melancolía; la sal me encubre, la carne me protege como una cascara de nuez, pero en el fondo estoy esencialmente compuesto de sustancias tristes, de canciones melancólicas, de colores azules. Esas son algunas de las muchas partes que conforman mi cuerpo.

Soy a veces, también, el espejo en que se reflejan los tantos ojos en que me reflejo; de esa multitud de ojos y bocas y dientes y arrugas y espejos donde también me veo y veo la multitud de partes con las que me conformo, que me dan piel y manos, o arrugas o dientes o uñas o manos. Y de esta forma y sólo de esta forma en que me reflejo me disuelvo entre los tantos cuerpos que no son el mío, pero que los siento, al verlos, como si fueran propios. Es en ese momento cuando puedo sentir el dolor de los pueblos que luchan, es decir, de aquel cuerpo del que ahora forma parte mi pequeño cuerpo melancólico; y en su canto de colores, de los cientos de bocas y arrugas y granos y sales, mi voz se vuelve una voz que resiste en el conjunto de los cuerpos que navegan en un barco de esperanza. La sal me encubre y la carne me protege como una cascara de nuez; y ahora, entre nuestras voces, me vuelvo una voz entre voces y me siento como un cuerpo que se constituye esencialmente de esperanza.  

De nuevo me pregunto por las partes que conforman mi cuerpo y vuelvo a sentir nuestros dolores necesarios, pero no puedo recordarlos porque en ese momento sólo soy un cuerpo que encarna la esperanza. No hay olvido en ese instante, sólo estamos presentes como unas voces cantando al unísono.

Semblanza

Me llamo José Ángel Aguilera, tengo 24 años. Estoy estudiando la carrera de filosofía y soy habitante de la trágica y maravillosa periferia. Me gusta mucho vagar y divagar

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