Ónfalo

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De acuerdo a la mitología griega, Zeus hizo volar dos águilas (o dos cuervos) a partir de dos puntos opuestos del Universo. Las aves coincidieron en Delfos, exactamente donde se encontraba una piedra cónica llamada Ónfalo. Por lo tanto, aquel sitio se consideró el ombligo —centrodel universo, el lugar a partir del cual se había iniciado la creación de todo.  

Si como exponía el astrofísico Carl Sagan “somos una forma en la que el cosmos se conoce a sí mismo”, la búsqueda del centro resulta preponderante porque nos obliga a indagar sobre nuestro lugar en el universo, ello implica rastrear las claves de nuestra naturaleza y configuración, pensamos que hallar nuestro centro nos dotará de equilibrio y armonía. Pero quizá, lo que en realidad buscamos resulte algo más complejo y menos concreto que un obelisco. 

En este antropomorfismo, entre el macrocosmo universal y el microcosmo humano, el ombligo aparece como punto intermedio del cuerpo y el mundo. Pero al igual que en la leyenda griega, no supera la condición de un punto geográfico; quizá, nuestro centro no pueda ser señalado con una coordenada dentro un mapa. Tal vez, lo que nos articula y concentra se ubique en la conciencia y sus ramificaciones, en un conjunto de procesos neuronales que dotan de sentido nuestra experiencia y por lo tanto convierten nuestro Ónfalo en algo intangible, único e irrepetible.  

Esta inmaterialidad del centro, más que un problema físico-espacial, pudiese ser una prerrogativa ontológica. Una invitación a pensarnos fuera de los márgenes anatómicos de nuestra condición. Sé que puede ser cuando menos extraño imaginarnos el núcleo fuera de nuestra corporalidad, pero lo que propongo en resumidas cuentas es trasladarlo a una demarcación distinta: a la geografía de la memoria y lo emocional. 

Así, cada uno establece su propio Ónfalo, que puede ser el recuerdo junto a un ser amado, un espacio físico donde fuimos felices, una fecha que revestimos de importancia, la familia, los amigos, los aciertos y fracasos que nos marcaron. Imagino un centro escurridizo, mutable, inexacto y versátil como los recuerdos; como la memoria; como las personas. 

Para apreciar el centro de mi universo, no es necesario enviar exploradores por mi cosmografía; basta cerrar los ojos y conectar con aquello que incendia mis adentros e impulsa mis pasos.  

Semblanza

Cursó el Segundo Diplomado Virtual de Creación Literaria a cargo del INBAL. Ha colaborado para diferentes revistas como la Revista de la Universidad de México (UNAM), Apócrifa Art Magazine, Yaconic, Registromx, Penumbría, Letrina, Monolito, Clarimonrra, Errr Magazine, Hysteria, entre otras.

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