Para la mujer que amo

PARA-LA-MUJER-QUE-AMO

Llegué a esta ciudad, creo que se llama Gorod o quién sabe. Me recomendaron bastante este sitio, necesito de las manos de algún especialista, el conocimiento de una persona que sepa de la materia. No quiero decir que estoy desesperado, pero ¡quiero algo y ella será quien me lo dé!

La puerta se abrió, es un lugar exageradamente limpio.

Buenas… Tardes…

En la entrada me recibió una niña que mantenía una cosa negra contra su garganta.

—Vengo a buscar a una tal carnicera…

Cada segundo cuenta y creo que esta ayudante no me sirve de nada.

Es… CCC…

Parece que me está hablando un robot. La niña de cabellos rojos me miró y sacó una libreta.

Cuál… Es… El…

Pierdo mi tiempo, aunque mi contacto me dijo que no menospreciara lo que viera aquí por más raro o estúpido que fuese.

—Quiero que me consigas todas las piezas de esta lista.

Claro… Por… Favor… Tome…

El simple hecho de escucharla me hace querer golpearla, esto es algo simple, siempre hay riñas que terminan con muerte, así que esto será pan comido. Una mano por aquí y una cabeza por allá.

Tienes… Suerte… Apenas… Había… Terminando… Un… Encargo…

Arrastró una hielera y la destapó frente a mí.

El… Cabello… Fue… Difícil…

¡No puedo creer que la haya encontrado!

—Es hermosa…

No… Es… Nada…

—No hablo de ti.

¿Quién se cree? Por eso le arrojé la ridícula cantidad de dinero que tenía destinado para esto. El dinero no importa, nunca lo hizo… Lo importante es que al fin conseguí lo que quiero.

Ahhh… No… Hagas… Está… Mal…

—Ahora ni se te ocurra seguirme o terminarás en otra hielera.

 

Se supone que lo haría en casa, pero no puedo aguantarlo más.

—Primero coloquemos la cabeza, cuello, torso, brazos y piernas.

—Sí… Hasta ojos de diferentes colores… También lenguas… Qué hermoso detallé…

En la morgue de mi país está prohibido quedarse con alguna parte del cuerpo de los cremados. ¿Cuál es el problema? Nadie se dará cuenta.

—Al fin te tengo en mis brazos señorita P.

—…

—¿Qué dijo?

—…

—Señorita P eso es muy atrevido de su parte.

—…

—Si usted me lo permite.

Años atrás la señorita P me dio el más grande regalo.

—Por ti es que sigo adelante, espero órdenes como su fiel perro.

No importa si las cosas son difíciles o que no puedas dar más.

—¿Me permite esta pieza?

—…

—¡Cuidado, señorita P! La vaya a dejar con los brazos colgando. Creo que tendré que volverla a coser.

Nosotros decidimos el camino. El último camino.

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