El camino a casa a través del universo

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—Houston, tenemos un problema…

Día 1461. Comienzo a extrañar la compañía humana.

Aquí siempre es tan silencioso, frío y solitario. Durante estos años solo he conocido visitantes errantes que no están dispuestos a asentarse en una nave como la mía. Para aumentar mis pesares, llevo una cuarentena en la cual he tenido que cerrar la puerta a cal y canto, y que volvió a mi universo un poco más gris e inanimado. Hay días en los que considero abandonar la misión, veo pasar por la ventana las galaxias, los agujeros negros, las estrellas y los planetas; y simplemente quiero saltar, tratar de tocarlos con la palma de la mano, mancharme de polvo de estrellas para perderme en la inmensidad del universo.

Extraño sobre todo el Sol, la calidez con la que me abrazaba, la voz cantarina con la que me llamaba… que ahora es sólo un eco perdido en la infinitud. 

—Vuelva a casa —cantaba— vuelva a casa, hijo mío. 

Me siento en la cama y cierro los ojos, recordando los colores, las amalgamas de vida y muerte, pasado y futuro, las risas y los llantos; la nostalgia me puede más. En el silencio omnipresente, un susurro parece romper la paz.

—Vuelve…

Muchas veces el murmullo se instala en mi mente, cuestiono mi sanidad y lucho contra él, pero ya estoy cansado de resistirme. Redirijo mis pasos, cambio el curso y entro en mi Vía Láctea, cada segundo me acerca un poco más al Sol. El cantar se vuelve más vívido y diáfano.

—Hijo, ven a casa. La familia te espera.

Pongo la mano contra el cristal de la ventana, sintiendo que el frío amaina por primera vez en años. La vida como la conocía está tan cerca, a meros pasos de distancia y sé lo que debo hacer.

—Houston, me voy a casa.

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