Eulalia

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Al punto de las 23:00 horas, el espíritu de la bella Eulalia vaga por las calles dejando un rastro de pétalos a su paso, seduciendo a cuanto hombre pase por la esquina donde trabajó durante su trágica vida. 

Mientras busca una víctima, recuerda cuando su amado prometido Nicanor partió a trabajar lejos del Puerto de Veracruz y lejos de ella para no volver hasta veinte años después con una esposa terriblemente enfermiza, la cual murió pocas semanas después de arribar. 

Al encontrar al hombre desgraciado, en cada roce y caricia se lleva parte de su vida a la par que recuerda, no con ira, sino con tristeza cuando Nicanor la quiso tomar como esposa para llenar su soledad, esas diversas vueltas de la vida y del amor. 

Sin más qué perder en vida, Eulalia decidió venderse a sí misma para pagar sus terribles adicciones: los puros favoritos de su padre, el alcohol en el cual se refugió durante su soledad y el amor que nunca pudo tener. 

Al escaparse de las manos de su víctima, con tranquilidad avanza llevándose las manos hacia el corazón donde -años después- fue asesinada por uno de sus clientes más frecuentes, no por odio sino por compasión a ella, pues sus ojos reflejaban la tristeza de su vivir. 

Ya que Nicanor llevó flores de arrepentimiento al lugar de su asesinato -mismas que ahora son pétalos de su andar- ahora Eulalia llega al hogar de él, quien, postrado en cama y enfermo, inconscientemente la espera y ella posa sus labios en su frente para dejarle la mucha o poca vida que consiguió arrebatar con delicadeza a sus víctimas de la noche. 

Eulalia, sin rencor, se va con la noche. Al caer los primeros rayos de sol sobre el puerto, se encamina al malecón donde se despidió de Nicanor para siempre, aunque haya vuelto, donde su vida empezó por terminar. 

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