Habitación de hotel

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Lugar de encuentro, topos/lugar, lugar que encuentro. Espacio designado, intimidad, choque violento. Encuentro desnudo, húmedo-tibio, gemidos, sábanas-fluidos. El tú y el yo. Cúpula, frugal, salival que nimba en un níveo brote febril. La colisión y el colapso. La crisis. Llevar un nosotros en el pecho, y en partes, lo que somos en las manos. Estela del rubor purpúreo que pasa por la yema de los dedos, el fulgor que desprende una caricia en la oscuridad de un cielo adiamantado. Momento fugaz, cuerpo encendido, me inflama una llama, me atraviesa el delirio.

Están (desesperados) los labios que guardan un beso (indómito). Se corresponden: juegan a que saben de memoria lo que va a pasar, como si dijeran —esto ya lo he vivido—. Y orbitan como astros encendidos por el deseo continuo, de una lengua que anuda a la otra, principio y final, el sexo en el alba y su trémula geometría de cristal. Circunda y redonda un sentimiento del tú y yo, juntos, totales, en “ese cuerpo que empieza donde termina el mío”  y que se erige como un templo donde se escucha el susurro de un rezo en donde la carne se hace verbo.

Los vi entrar a ambos. Libaban el fruto del amor, o al menos eso parecí
a. Noté que eran nuevos en el lugar, pues no los había visto antes. Aunque debo decir que eran tan iguales y tan diferentes a todos los demás amantes que tenían lugar en el lugar. A veces tan extraños de su sexo, procurando el desvarío en la oscuridad, o con la luz encendida, me da igual. Sólo pienso que la vida es corta hasta que hospeda el silencio. “Ayer, mañana, hoy y siempre”, habrá entre estas paredes, el desplome de los que se consumen incendiados. Uno dormido en el lecho de su pecho que como almohada. Los dos petrificados. He de admitir que quiebran mis muros ante su imperio.   
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