Plantita

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Otro paisaje que no sean los muros de mi cuerpo

Enriqueta Ochoa

 

Sofía murió al sorber una botella de noche embotellada. De grande quería ser un jardín de triángulos o una enciclopedia sobre las nubes, pero murió de mucha noche.

Siento una enorme tristeza. Yo mismo soy una botella de noche.

Alrededor del cuerpo de Sofía crecen matas de diccionarios que tienen subrayada la palabra noche. Crecen estambres de mirlo y cítricas mandrágoras que van ascendiendo a su vientre formando una cama poligonal donde duerme su libro.

Sofía tiene en el centro de su vientre un diario de sueños. Leo sus alfabetos botánicos y es como leer la lengua de los muertos. Al leer sus sueños, los habito.

Voy caminando por una vereda de imperiales helechos. Muy altos helechos que murmuran mi nombre en la lengua de las plantas y me da como tristeza, como mucha lluvia. Como que los helechos conocen la forma de mis recuerdos. Un helecho se llama como Madre y otro helecho tiene el nombre de una epopeya griega; cada helecho se va haciendo más grande, más emperatriz cuando avanzo en el camino.

Ahora estoy frente a una pagoda china que tiene el color del limón. Esta pagoda no se llama Madre sino Padre. En sus globos de bengala hay palabras verdes ardiendo, monumentales peceras con peces dorados como palabras amarillas. Ante todo, una estatua de Plinio con musgo.

Adentro, entre los faroles de lumbre naranja, por las diagonales de luz, rodeada de ríos de peces, habita una cajita plateada. Al abrirla, todos mis recuerdos están acomodados como una pequeña orquesta y oigo la trompeta del día en que nací.

(Dejo la trompeta en el río para que se haga agua y del fondo de la cajita Sofía me salta.)

Con una cuchara abre mi tórax, saca de mi barriga mi diario de sueños. Ahora ella, la reina helecho, lo lee. Se va sumergiendo en mis silogismos sagrados. Siento cosquillas cuando pasa las páginas. Después siento miedo. Pienso que este sueño es muy grande y mi centro muy pequeño. Siento que sus dedos queman las hojas de mi diario. Siento la cuchara en mi cuerpo. Siento que Sofía ya no es helecho, sino noche y que estoy perdido. Sobre todo, que la inmensidad de este mundo no será suficiente para morir(nos).

 

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