Salir de casa

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Los viajes a corta distancia suelen ser los más largos.

Cuando viajamos a un lugar cercano y después volvemos a nuestro lugar de residencia, es fácil darnos cuenta de que, en realidad, podemos volver a ese lugar o ir a otros lugares similares por, según nosotros, la cercanía.

Eso que para nosotros es un pequeño desplazamiento, va formando una telaraña alrededor de nuestro punto fijo, alrededor de nuestro centro; eso, a lo que nos gusta quitarle importancia, es, en realidad, nuestra verdadera casa.

Esas rutas familiares se convierten en los pasillos de nuestro hogar, y esos lugares cercanos son los hábitats en los que vivimos y que, a su vez, construyen un solo ecosistema: el de nuestra persona.

Son este tipo de viajes los que no nos llevan a lugares nuevos, sino a nosotros mismos; no hemos cruzado la puerta de nuestro hogar hacia la calle. Es ahí, en la exploración de esos sitios familiares, cuando descubrimos qué tanto nos conocemos o nos creíamos conocer.

Los «viajes a larga distancia» son los verdaderos viajes a corta distancia, pues, en realidad, solemos confundir la duración de nuestro movimiento. Por ejemplo, cuando viajamos a otras poblaciones, una buena parte del viaje es un desplazamiento dentro de esa telaraña alrededor de nuestro punto fijo, que es nuestra casa. En ese sentido, el verdadero viaje comienza cuando logramos traspasar esa atmósfera que nosotros mismos hemos creado; en ese caso, también, la distancia recorrida dependerá del tamaño de nuestro hogar, es decir, del tamaño del espacio que habitamos.

Ningún sistema de medición podrá especificar hasta qué punto un viaje es de corta o larga distancia, pues esa tarea nos corresponde a nosotros.

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