De instantes a instantes

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Cada instante viene y se va como el agua de un río; como tal, la vida fluye y pasa tan rápido que pareciéramos no notarlo, hasta que a veces es demasiado tarde, y aun cuando empezamos a notar el veloz transitar de los granos del reloj de arena de nuestras vidas, es imposible detener su paso. Los días se convierten en meses y éstos, a su vez, en años que, por su parte, configuran toda una vida llena de memorias, vivencias, amarguras y momentos inolvidables para bien o para mal. Memorias que siguen presentes como si no hubiera transcurrido el paso del tiempo por ellas, cercanas, a solo un pensamiento de distancia; en otros casos, ya distorsionadas o casi borradas por tantos ayeres. En este sentido, es curioso cuando solemos pensar que el pasado fue mejor que el presente, y qué ironía, pues, si nos remontamos a ese pasado, seguramente veíamos el futuro con añoranza y con la esperanza de que los momentos por venir fueran mejores.

Creo que ante tal encrucijada una solución simple sería tan solo disfrutar y vivir intensamente el momento presente y, aun cuando el dolor nos parta en dos, saber que todo pasa; sobre todo cuando la vida nos sonríe y nos da todo para gozar, asumir que no durará, que solo quedará como un hermoso recuerdo al cual regresar en una tarde tranquila y soleada, o quizá bajo la lluvia, o mientras vemos pasar las nubes en el cielo azul, saber que no hay un mejor mañana, que solo existe el hoy y nada más.

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