La odisea de la vida

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Viajar me lleva a esa realidad en la que jamás podría vivir. Aun así, sueño con tocar la calma profunda que jamás tendré, pues sé que, si no es el bullicio de la ciudad, es el escándalo de mis pensamientos lo que perturba mi serenidad.

Es en esos viajes a larga distancia que me duermen con el susurro de la carretera bajo los neumáticos, cuando la corta distancia ya no suena tan mal.

O es acaso que la distancia se vuelve obsoleta bajo el cuestionamiento humano; mirando todo como imposible, pero habiendo valientes que se arriesgan a correr por ese camino espinado. 

La larga distancia siempre duele, pero la corta distancia será la verdadera estaca contra el corazón.

El viaje de la vida es largo en lo usual, mirando hacia el horizonte que nos envuelve en el manto de sol y nubes lila. Solo que el camino se vuelve corto para algunos, esos que nunca llegan a conocer el horizonte, miran al sol para no sufrir, sienten la brisa para respirar y sonríen para no llorar.

No es malo, en realidad puede que los viajes cortos tengan siempre su debida mala fama. Solo puedo imaginar mirar el cielo y respirar el aire que jamás podría descubrir en vida. 

Se acaba el suplicio y el horizonte nos recibe con la mirada hacia el sol, las nubes y la segunda vida.

Si te miro, sé que desearías recorrer ese camino angosto, lejos de la preocupación, el atajo de la vida, hasta llegar a los brazos de ese ángel que te espera en los cielos violetas.

Somos almas perdidas en un camino largo que nos conduce a nuestra ruina, buscando un trofeo de carbón que pondremos en un estante, luego de sufrir esas noches de insomnio, correr bajo la lluvia y estancarnos en la arena del desierto.

Los viajes a corta distancia son el camino hacia el beso del ángel al final del arcoíris, corremos los que sufrimos y caminan los que viven en melancolía. Ese camino corto siempre es el escape. 

Somos a los que llaman egoístas.

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