Más oscuro que el bosque

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El príncipe se adentraba en la inmensidad del bosque maldito, al que llamaban así porque nadie se atrevía a cruzarlo: la gente contaba historias sobre rituales, demonios, hadas, unicornios y miles de sucesos terribles. Para él, mejor. Odiaba a los extraños y a los mirones. 

Mientras más caminaba, el frío se colaba por toda su piel y sus dientes castañeaban. No había ningún rastro de ser vivo cerca, la tranquilidad que emanaba el lugar era impresionante. Solo sus pisadas se oían al aplastar las hojas y ramas que abundaban en el suelo. 

El príncipe trataba de andar rápido, pero sus piernas no querían seguir. Le pesaban como nunca. Eran dos troncos. Los dedos de sus manos se volvían morados y sus mejillas cambiaron del rosado al amarillo. «Cuando solo exista el frío, sabrás que estoy cerca», la bruja le había dicho. 

Anhelaba verla, necesitaba su tacto. Soñaba con su cuerpo, día y noche. No paraba de fantasear con ella. Cualquier acto le parecía aburrido. Otro individuo que no fuera su amante le resultaba indiferente. Esperaba que la princesa no se hubiera dado cuenta, de la falta de pasión y compromiso en su relación. Le gustaba pensar que alguna vez la amó, pero en realidad se mentía a sí mismo; su matrimonio fue una conveniencia y estaban juntos por el pueblo.

Su cuerpo ya no aguantaba. Cada vez le faltaba más la respiración y su vista se nublaba. Cuando estaba a punto de desmayarse, la vio. A unos metros de él se vislumbraba una casucha hecha con madera casi podrida y de donde emanaba humo. 

De alguna forma, toda su fuerza y voluntad se concentraron en llegar a esa tierra prometida. Moribundo, se arrastró hasta la puerta del lugar y ésta, antes de tocarla, se abrió con un horrible crujido. Sintió cómo unas manos calientes y regordetas lo jalaban hacia el interior; desplomado en el piso pudo contemplar a su amada. Era igual de hermosa según sus recuerdos: de complexión pequeña, sus mejillas rojas y gordas, su cabello teñido de rubio y esos ojos verdes… 

La tomó del rostro con ambas manos heladas y sus labios se fundieron en un incontrolable beso, donde el deseo de lo prohibido se desbordaba en cada contacto. Ahí no importaba quiénes eran; el príncipe y la bruja malvada.

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