Pasos

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Pasos, madre, pocos pasos. No eran horas o kilómetros. Tú lo sabías, madre. Y nunca anduviste ese camino empedrado con aflicción. Nunca caminaste con esperanzas de reencontrar a tu hijo. A mí. Ay, madre, ahora seguro vas al cielo.

Contar pasos no es fácil, pero sí los años. Al menos un poco más fácil. ¿Cuántos? Ya no me acordaba. Ocho, nueve, si no es que más. Años sin pasar el portal de tu casa. «Nuestra casa, hijo», decías. Años desde la última vez que te vi, acostada en la cama, con la ventana abierta, la cobija echada, fumando Marlboro, fumando indignada. No imaginé que sería la última vez.

A decir verdad, no es difícil. Es cuestión de vivir, nada más vivir. Pasa el tiempo. Pasan días, semanas, se acumulan meses, años. Nueve años, creo.

Ni te dije adiós, así era siempre que peleábamos. Así fue en los últimos años. «Te vas a matar con tanto alcohol», decías. No sé por qué, sabías que me enfadaba. Y siempre me lo repetiste. «¡Tú te vas a morir por tanto fumar! Y no te importa», gritaba colérico antes de azotar la puerta.

¿Por qué pasó tanto tiempo? Me recordabas a la muerte. ¿Mía? Un poco. Más la tuya. No podía verte morir. Y morías con un cigarro en la boca. No soporté las servilletas pintadas con sangre. No escuchabas a ninguno de tus hijos. Y así querías que te hiciera caso.

Ay, madre, ni te moriste por tanto cigarro. Yo tal vez moriré de tanta bebida. Ya ni te dije que según tengo cáncer.

Ese día era tu cumpleaños. Llegué a mi casa, vacía, mi esposa e hijos tenían días de haberme dejado. ¿Cómo llegué? Con cerveza en mano. Borracho, madre. Pero todavía no tanto para olvidar la nostalgia. Y te marqué.

—¿Bueno?

—Madre, ¿cómo está?

—César. Hijo, ¡César!

Te moriste, madre. Te desplomaste en el sillón. Y lloré. A unos pocos pasos. ¿Cuántos? Salgo de mi casa, veo la calle, sucia. Igual de sucia que cuando era niño. Camino a la esquina. Aquí vivía Norberto, el carpintero. Avanzo tres cuadras a la izquierda. Ahí jugaba con mis hermanos. ¿Lo olvidaste? Ahí había un parquecito, nos traías a los cinco. Otra cuadra adelante. ¿Te acuerdas de doña Marcela? Mientras tú platicabas, yo jugaba con su hijo el más grande. Una cuadra a la derecha. Sigue el mismo árbol. Nosotros lo plantamos, ¿te acuerdas?, ¿te acuerdas, madre?

En la iglesia, tus pasos taconeaban. Aún los escucho. Antes estabas viva, a unos pasos. Ahora muerta, sigues a unos cuantos pasos. En una urna. En una cripta. Nunca volveré a este agonizante camino. No son horas o kilómetros. Son pocos pasos, madre. Pasos.

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