¡Viva Juan Ortega!

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Fue en enero cuando todo el pueblo me festejó como nunca a ningún otro. Después del estruendo de hace pocas horas, en la calle me desvanecí cansado y adolorido. Al poco tiempo comencé a cerrar los ojos.

Cuando me percaté, mis viejitos estaban llorando, al igual que mi mujer; tiempo después, salí a la calle y todo el pueblo rezaba en voz alta.

Mientras salía, recordé mi infancia, plantando y cosechando para poder vivir. No sé leer ni escribir, pero siempre he estado a cargo de las cuentas de las tierras. Durante mi juventud, cuando plantaba frijolitos, un desconocido malherido y desangrado entró a nuestras tierras, yació inconsciente en el suelo y yo lo socorrí llevándolo al almacén; al poco tiempo de que estuvo consciente, mis viejos angustiados me hicieron saber que este extraño era el jefe del cártel de la región.

Siendo yo un Juan Ortega de quince años, hasta el color se me fue de la impresión, pues creí que había condenado a mi familia… Sin embargo, el jefe fue generoso y me dio trabajo, subí de rango poco a poco y pude brindarles una vida digna a mis padres.

Años después, en un baile del pueblo, conocí a una chiquilla hermosa y la mejor bailarina de polka que vi; la conquisté y se convirtió en mi esposa al poco tiempo, siendo el patrón el padrino de mi boda.

Desde ahí me volví su mano derecha, teníamos la amistad y la relación de padre e hijo, juntos hicimos crecer el negocio y ayudamos a la gente de nuestro pueblo natal; pero Pedro, el hijo del patrón, estaba totalmente celoso, ya que el patrón me eligió a mí para el negocio y no a él, desde ahí comenzó nuestra rivalidad y, para desgracia de Pedro, el patrón se puso siempre de mi lado.

En este momento, siento cómo mis colegas me levantan en sus hombros y junto a la música todo el pueblo se une al grito de «¡Viva Juan Ortega!». Siento el movimiento al ritmo de la música y, aunque no pueda verla, sé que mi mujer llora bajo su velo negro, pero con la frente en alto.

Justo hoy, catorce de enero, Pedro fue el que provocó ese estruendo de balas, me impactó un total de diecinueve veces y morí desangrado en el suelo.

—¡Viva Juan Ortega! —gritaron al unísono mis viejitos, mi mujer y mi patrón. Siempre incondicionales.

—¡Que viva! —respondió el pueblo.

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