A la sombra de un recuerdo

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Una vez vi un bosque. Uno hecho de mis memorias. 

Ahí, el canto de las aves son las voces de quienes ya no me acompañan. Me arrullan con sus melodías en el sabor de aquellos ayeres que están de camino al concilio. 

En ese manto de pinos y robles, cada tronco es una persona en mi vida. Cada rama, un año. Cada hoja, una experiencia. Algunos de esos magníficos árboles cayeron tras los vientos del cambio. Aquellos cuyas raíces se arraigaron profundamente en mi corazón siguieron creciendo, floreciendo en nuevos momentos que día a día riego y nutro.

Pero también existen las llamas, consumiendo todo a su paso, llevándose de mis recuerdos a amigos cuyos rostros he olvidado cómo trazar con una varilla en el lodo. Ahora son gestos vacíos que me miran desde la lejanía de un sueño. 

Lo que más duele no son aquellos troncos que mueren de pie dentro de mí, sino esos que, en más de una ocasión, he tenido que enfrentar con hacha en mano para talarlos. Me refiero a esos troncos que han tornado estéril el suelo de mi mente, dejando correr su veneno incoloro como una plaga que invade mi ser sin advertencia ni remordimiento. 

Entonces, debo comenzar a talar.

Cada golpe que doy para derribarlos me duele. Siento cómo las raíces son lenta y tortuosamente removidas de mi arteria coronaria mientras que destellos de felicidad pasada caen en el otoño de mi vida. Cuando se adentra el invierno es cuando se pone a prueba mi voluntad, me hace querer dejar el hacha a un lado y permitir al tronco sanar, pero temo que las raíces vuelvan a encontrar una forma de plantarse en mi corazón y lo aprisionen una vez más. Así que afilo la hoja, sujeto el mango entre mis manos callosas y con mayor fuerza continúo hasta dar el golpe final. Sin más, el árbol cae sin producir sonido y el eco de esas personas se proyecta al vacío, desvaneciendo sus voces en el aire.

Una vez vi un bosque. Uno de memorias. Memorias que ya no recuerdo. 

Una vez lo vi…

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