Carta a la orilla de un nido

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Querida:

 

Anoche tuve una visión. Me soñé al pie de un árbol, dormida mientras sostenía tu tierna mano. El sol perforaba mis poros, mi piel se convertía en una masa caliente y poco a poco me transformaba en otro animal, en otro cuerpo de madre. Sentí cómo te enroscabas, buscando un hueco en mi vientre, en mis brazos. Sabías que me estaba transformando y querías estar cerca para oírme el corazón. 

 

El bosque entero se detuvo a mirar. Los pájaros nos ofrendaron hojas secas, plumas y musgo. Luego el viento trajo la forma. Las ramas comenzaron a doblarse hacia nosotras y levantaron un fuerte para protegernos. Así fue como quedamos dormidas dentro de un nido, mecidas por el arrullo de nuestros suspiros. Solas tú y yo. Tú y yo y el bosque. Yo, hecha madre pájaro, te guardaba bajo mis alas. Solas tú y yo, sin otro lenguaje más que el lenguaje de los árboles. 

 

Querida mía, anoche tuve una visión. Soñé que vivíamos en un mundo en el que los bosques no arden y los venados no mueren con la garganta llena de ceniza. Soñé que tu existencia era tan verdadera como el agua y que me dabas la mano para correr entre los arbustos. Me preguntabas ese pájaro cuál es y yo inventaba nombres y poderes mágicos como ese pájaro puede cantar en cien idiomas o ese pájaro puede volar hasta las nubes y comer de su algodón. Entraña mía, quisiera que esta vida fuera una pesadilla y no la realidad. Quisiera despertar y encontrarte así, milagro dormido, ser de silencio y calor.

 

Querida que no existes, anoche soñé tu sueño.

Colocabas tu mano en el tronco 

en el que descansamos aquella tarde

y clamabas: 

fui nido de esta madera 

y mi sangre corrió como resina dulce,

fui canto de un pájaro antiguo,

el recuerdo de otra mujer

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