Cuidado al andar

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Caminar es uno de esos complicados movimientos que mecanizamos a tal grado que nos damos la oportunidad de desconocer la cantidad de músculos, huesos y otros esfuerzos que deben coordinarse para dar pie al desplazamiento. ¡Es tan fácil criticar la apariencia de las piernas, la celulitis en los glúteos o las lonjitas de la espalda sin reconocer la maravilla diaria que hacen por traernos de ida y vuelta, aún si requieren la ayuda de muletas, bastones o fajillas!

Quizá sólo admiramos las faenas del cuerpo tras momentos complicados: accidentes, enfermedades o cuando las razones para levantarse escasean, donde las piernas se rebelan y deciden cesar su trabajo porque caminar resulta un sinsentido. Un lujo que se dan aquellos que tienen ánimo de vivir.

Caminar exige tan poco cuidado y reflexión —¡tan cotidiano se ha vuelto!— que a veces salgo de casa y, aunque deba ir hacia la izquierda, giro hacia la derecha porque mi trabajo, la escuela, el transporte, la mayoría de las actividades que representan mi día a día se encuentran en esa dirección. 

Entre tantas rutas que ofrece el mundo, mi cuerpo lleno de hábitos se deja ir ligero, sin cuestionarse, hacia donde la usanza le indica. 

Sólo algunas veces me detengo. Cuestiono el sendero ya erosionado del pasto: un recorrido hecho a base de repetición. Esa vista me ayuda a decidir virar la dirección de mis pies, para pasear sobre la maleza salvaje, inhabitada. En sus entresijos hay sorpresas, a veces poco agradables, como bichos que pican dolorosamente; pero también hay paisajes desconocidos, nuevos amigos cuadrúpedos, museos o tiendas escondidas, cafés donde se antoja leer buenos libros a solas. 

Estos cambios abruptos provocan un momento de reflexión, una epojé de la rutina. Elegir un camino diferente no sólo cambia el destino, también provoca el reencuentro con uno mismo. En ocasiones, nos ocurre un efecto similar al de toparse con un viejo amigo después de no verlo durante varios años. Nos vemos a nosotros mismos y descubrimos a alguien completamente diferente al de la última vez que nos tomamos una pausa para mirarnos a conciencia: hallamos un ser distinto de aquel que siempre toma el mismo camino.

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