Deseo

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Una vez vi un bosque que llevaba directo al infierno. Si me acercaba lo suficiente a él, escuchaba mi nombre lanzado al viento en pequeños susurros. Me asustaba lo mucho que me gustaba estar cerca de ahí y escuchar mi nombre corrompido de aquella manera. 

Me pregunto si alguna vez sentí un deseo tan profundo como aquel. Me pregunto si alguna vez habré caído en una tentación tan dulce como la de adentrarme en el interior de un lugar que no conocía en lo absoluto, buscando el placer que ninguna cosa terrenal pudo darme. 

Fue muy tarde cuando comprendí que mi primer pecado también sería el último. Me encaminé hacia las profundidades de aquel inmenso bosque, cuyos árboles se mecían con lentitud siguiendo la dirección del cálido aire. El silencio que emanó después de mi entrada a ese abismo fue disipado con el ritmo constante de mi corazón: iba a encontrar lo que quería. 

Me dejé llevar por el embriagante sonido de mi nombre dicho por otros labios. Un poco más y podría llegar. Solo debía aferrarme al escaso control que se escapaba de mis manos. Y llegué. Llegué al final de un camino sin retorno. 

Mi nombre salió de sus labios una vez más. Con eso, la muerte llegó. 

“¿Has pagado tus pecados?”, me preguntó, pero el deseo en mi rostro era evidente, nublaba mi juicio. 

“No”, me escuché decir, sin arrepentimientos, pero no reconocí mi voz, “¿cuánto tiempo llevo aquí?”.

“Mil eternidades”, me responde la silueta delante de mí. 

“¿Podré salir?”, pregunto, aunque ya sé la respuesta.

“Repite lo que ya sabes”.

Y mientras lo hago, las manecillas de un reloj se escuchan a lo lejos, retrocediendo frenéticamente, indicándome que mi tiempo aquí ha vuelto a comenzar.

 “Una vez vi un bosque que llevaba directo al infierno… y ahí me quedé”.

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