Recuerdo cenizo

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Una vez vi un bosque en llamas, unas llamas en las cuales se reflejaba un vano, un esquivo recuerdo que había estado intentando recordar desde aquel tiempo en que miraba atento a los aviones sentado en un balcón que daba al precipicio. Un recuerdo que en el jolgorio se diría «lo tengo en la punta de la lengua» pero que simplemente se queda ahí, tratando ansiosamente de salir, pero quedándose detenido por la fina capa de piel que hay entre la mente y la realidad. 

Mientras miraba alrededor de mí la voracidad del fuego consumiendo aquel bosque solitario y viejo, así como se va consumiendo el cuerpo con el paso del tiempo convirtiéndose igualmente en cenizas, una lluvia torrencial caía sobre mis hombros y yo había olvidado comprar el periódico de camino a acá por la ansiedad de ya llegar a observar aquel recuerdo que tanto anhelo recordar y que, una vez alcanzándolo, el fuego se apagaría de inmediato llegando a su fin el combustible que noche a noche, a la hora de dormir, se iba generando, y generando, y generando, y generando…

Cuando apareció, aparecí, ante mí, tan vívido, tan real, tan transparente, mirando atento a los aviones sentado en un balcón que daba al precipicio, fue la primera vez que vi mi recuerdo, porque mirando al cielo fue que recordé por primera vez lo que quería recordar mirando al fuego…

Mi cuerpo se consumía lentamente, mis gritos no servían de nada, ya no gritaba. Recordaba el hermoso cierre de un drama musical donde una hermosa princesa muere de amor. Grita. Muere como yo muero mientras me consumo en las llamas, yo muero por amor, por el amor que no apareció. Mi recuerdo ahora vive, vive conmigo y en la memoria de este bosque mientras muero lentamente y me convierto en ceniza junto a estos árboles que ahogan mi llanto y evaporan mis lágrimas al acariciar el fuego. Mis lágrimas alimentan el fuego y me han traído mi recuerdo, más palpable que nunca, más fuerte. Ahora el fuego me ama, me abraza; yaceré entre las raíces, y el viento me llevará volando con los aviones que miraba sentado en un balcón que daba al precipicio. 

El fuego se ha apagado, ahora solo se cuelan los rayos del Sol que se terminan de dibujar por mis cenizas y la humareda, flotantes entre las hojas quemadas de los árboles. Este bosque ya no es tan solitario, ahora vivo en él, así como siempre lo había recordado.

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