Encuentros

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—Acéptalo Leo, no hay forma de llegar hasta ahí.

Tenía que admitir que el reciente pesimismo del perro me incomodaba a pesar de lo mucho que me gustaba su compañía; decidí ignorarlo ya que al mirar hacia el cielo del norte y ver a la luna empezar a brillar, elegí seguir explorando un laberinto de arena que parecía cambiar en cada visita, para lograr hallar pronto el punto de encuentro.

—El tiempo cada vez se reduce más y casi todo se va en localizar el sitio, además, las cartas mostraban incertidumbre, ¿de veras crees que a este paso averiguarás el lugar?

Sonando como por casualidad, unos finos pasos a mi izquierda roban mi atención y cortan mi respuesta, haciéndome voltear hacia uno de los pasillos del laberinto en cuyo fondo finaliza mi búsqueda: noche en su cabellera, rosas en sus labios y, compitiendo con la del cielo (que claramente pierde), luna en su piel. Corro hacia ella quien, sonriente, también corre hacia mí; nos unimos en un cálido abrazo que contrasta con la fría arena que nos reúne de nuevo, tal como lo hace desde hace meses. Nos miramos a los ojos sin decir palabra, éstas sobran ya que toda la conversación vive ahí, en nuestras miradas. De pronto el perro jala mi pierna, recordándonos que queda poco tiempo, por lo que ella me muestra una foto mientras sus labios dicen: «Aquí». Una ruidosa ola se acerca al mismo tiempo en que una de mis manos sostiene la imagen y la otra mano la brevedad de su cintura.

Súbitamente Leo despierta, contrariado por la visión que lo rapta una noche más. Voltea hacia el buró para tomar un cuaderno que muestra un boceto a medias de un edificio alargado con múltiples cubiertas de tejas a dos aguas, arcos debajo de éstas y una imponente cúpula octagonal coronando el conjunto. Traza rápidamente un lucernario en cada una de las paredes que sostienen la cúpula y una línea curva al fondo esbozando una montaña, para inmediatamente después olvidar el resto del contexto. Observa el dibujo frente a él, preguntándose tanto por su significado como por su ubicación. Lo ataca la duda de no saber qué hay allá, aunque sabe que, de llegar, encontrará respuestas a preguntas que incluso aún no ha hecho. El cuaderno vuelve al buró, justo encima de cartas cuya lectura sigue mostrando el sol y la luna.

Afuera, ladridos matutinos le recuerdan que debe de comenzar el día. «Fortes Fortuna adiuvat», exclama internamente, preparándose para ir al trabajo, mientras desea volver a soñar para poder acercarse más al sitio y tener claro el siguiente paso.

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