Sin título

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— No es tristeza, es raro. No sé cómo describirlo. Seguro pasa pronto.

— No me gusta, taaanto, taaanto. No sé, no sé que es. Es complicado.

— No es que me den celos, pero… se me hace extraño. No sé como decirlo.

Estas y otras frases similares han aparecido en el consultorio de mi terapeuta. Al final, uno nunca sabe cómo describir sus sentimientos con exactitud. Realmente no tienen un título. Son cosas que uno ve pasar por la vía de su vida, así como se ven autobuses o pájaros; no están numeradas ni encasilladas bajo una especie, o tal vez sí; son aves que podríamos renombrar como sensaciones.

¿Realmente es necesario ponerle un nombre a todo? En la escuela, la maestra nos pedía que así comenzáramos a escribir cualquier trabajo, de cualquier materia. Perfectamente ordenado con nombre, fecha, y título.

“Divisiones básicas” era el punto de partida en el que la mente se enfocaba en resolver la lección. Nunca nos llevaron a sentir el placer de disolver algo que parecía íntegro, el mismo placer que se siente al separar una maza de plastilina en bolitas cada vez más chiquitas, ese placer que viene con la desintegración del concepto primario. El mismo que se siente con la ruptura del vivir encasillando las cosas bajo un término.

¿Cuál es el afán por vivir “titulando” antes que sintiendo?

Estamos en una cultura de reducción, de desecho. Botamos lo que es demasiado complicado. En realidad, lo que no se entiende es lo que nos mantiene vivos con la esperanza del día siguiente. Nos atemoriza lo desconocido, y nombramos todo entre palabras que no nos alcanzan para dibujar la vida, generamos esbozos mediocres. Sin duda, es de valientes entregarse a la expectativa del día a día. Aquel que puede venir a tiempo con la tormenta de los pensamientos, y ser diagnosticado médicamente como ansiedad.

Sentir significaba oír. Pero ese sentido no se limita solamente a las capacidades auditivas de las personas, es también la capacidad de escuchar el mundo por medio de la vista, nombrarlo por medio del tacto, se va al propósito de la raíz latina: sent; tomar una dirección, dictada por el instinto que nos acerca a lo salvaje donde la libertad sigue manteniendo su trono intacto sin la ficha del juicio.

Dirigiéndonos a lo que no tiene nombre.

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