Metamorfosis de un agricultor

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Violento de colores e infinito de agaves, México también alimentó el árbol de los libertadores con sangre de descuartizados a caballo y crucificados en la iglesia. Ese árbol de todos los pueblos, de la lucha, del que estaba seguro de que yo podía ser guardia y rondar por los límites de sus hojas, fue tal vez solo un sueño pues ahora no soy más que un agricultor.

No he podido eliminar ese pensamiento de mi cabeza desde la visita de aquel joven Pablo Neruda. Vino a Michoacán, leyó poemas de mercado en mercado, y me sembró la duda de si mis árboles serían iguales a los que él refería.

Fue hasta que llegaron del gobierno un par de investigadores a ofrecerme un sistema de riego, prometían cuidar de mis árboles tanto como yo lo haría. Me prometieron grandes rendimientos, ventas por diversos mercados y una reducción considerable de mis problemas económicos.

Sin pensarlo mucho, accedí al plan, me sorprendió la rapidez con la que se instaló, pasaron los meses y mis árboles crecían más prodigiosos que nunca, sin embargo, eran ya menos los frutos que podía cosechar. Pensé que era debido a la tristeza que había provocado al cambiar la variedad de árboles que existían por solo árboles de aguacate, les había robado a sus amigos y los obligué a convivir ahora todos iguales.

Me di cuenta de que también había unos aguacates que eran hurtados por algunos vecinos, tuve que poner un cerco en mi patio que logró dividir el mundo entre mis árboles y los ladrones. Por primera vez entendí qué era un delito y mi mirada se fue hostil del otro lado del cerco.

Con el cerco logré evitar que entraran algunos ladrones, sin embargo, mi guerra cambió de objetivo, ahora los pájaros y las tuzas me parecieron criminales. Logre adquirir en una tienda agrícola unas trampas para roedores y unas coberturas para evitar la entrada de pájaros, por primera vez llené de veneno mis árboles.

Un día, el hijo del vecino, persiguiendo su balón que había cruzado mi cerco, lo brincó con la misma inocencia con la que los roedores confunden un dulce con el veneno, y así fue, por primera vez, había envenenado a un niño, cegado por la rabia que tenía contra las tuzas.

Afortunadamente sobrevivió, pero el vecino comenzó una leyenda acerca de mi brutalidad, el veneno resultó estar prohibido para el uso agrícola. Ahora subo el cerco de mi patio. Ante los ojos ajenos, soy yo el verdadero veneno, ya no puedo ni ver al árbol de la libertad.

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