Velorios

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El jarrón se rompió con estrépito sobre la fría losa de la sala. En mi mente se libraba la batalla entre recoger o no las cenizas de la abuela desperdigadas. Mis primos, con su cara de niños bien portados y sus camisas a cuadros, comenzaron a recoger con una pequeña brocha el fino polvo gris. Habían sido sus favoritos, de mí, dudo que recordara el nombre. 

           El velorio estaba medio lleno, medio vacío. Lleno por aquella sensación de encierro, por el olor a traje empolvado, por los horrendos cuadros de Cristo y por las muchas voces vacías que retumbaban en los tapices de color crema. Vacío porque tan sólo se encontraba una pequeña parte de la familia; los amigos íntimos habían optado por hacer acto de presencia a través de las palabras, nunca supimos a dónde fueron a parar, al buzón no llegaron cartas. 

           La abuela no tenía gran fama, ni entre su familia, ni entre los conocidos. Mamá decía que era pragmática, no terminaba por comprender la palabra. «Sólo debes de saber que a la vieja cabra le gustaba hacer todo a su manera», me confió mi papá una Navidad que fuimos a visitarla.

           La abuela había muerto por cáncer de riñón, o al menos esa era la teoría médica, pues el tío Pedrito afirmaba que había muerto para hacerle un bien al mundo. Dudaba que lo dijera en serio, de todas formas no me animaba a preguntarle, se veía bastante ocupado (en ese momento sostenía una profunda conversación con el retrato de su difunto padre). Mamá decía que el tío Pedrito era su hermano favorito, aunque aquello no la exoneraba de poner los ojos al cielo cuando lo escuchaba hablar, «de distinto padre» le gustaba decir nerviosamente a las personas que tenían la mala fortuna de cruzar unas cuantas palabras con él cuando se pasaba de copas. 

           La verdad es que jamás le dije un sincero «te quiero» a la abuela, pero a mis papás les encantaba que me despidiera de ella de aquella forma, y que recibiera con buena cara, su sonoro beso violeta.

           Podría decirse que nadie quería a la abuela, pero no lo íbamos a mencionar, era demasiado honesto. Sin embargo, allí estábamos todos reunidos, algunos con lágrimas discretas, otros sollozando sonoramente. 

           En la noche llegó el notario. Los padres de mis primos, limpiándose los mocos, las lágrimas, e intentando mantener la imagen de pésame, le susurraron al notario: 

           —Disculpe, señor notario, ¿sabe cuál es la parte de la herencia que me ha tocado? —Las últimas palabras fueron inaudibles pues volvieron a romper en llanto.

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