
Los volúmenes de esotéricas prácticas e innombrables ciencias comenzaron a acumularse en el buró desde que dedico las noches a recuperar al ánima que otrora habitaba mi dormitorio. La que ya no me visita. La que desplacé en un momento de ira y vulnerabilidad.
El fantasma atormentado –como me gustaba llamarle– cobraba su fisonomía diáfana, vaporosa y púrpura cerca de las dos de la madrugada; tomaba asiento frente a mi escritorio y del cajón de éste hacía aparecer unas cartas espectrales que leía hasta el amanecer. Todos los días era así: la misma hora e idéntico proceder.
En el transcurso de su rutina, el fantasma rompía en llanto con la tercera carta, se calmaba para la quinta, pero, con la llegada de la sexta, se volvía a sumir en lágrimas y en un hondo pesar del que ya no salía hasta que, con la inminente alba, se desvanecía dejando tras de sí un rastro de ectoplasma lagrimal.
Era un fantasma condenado a revivir su dolor, atrapado en la relectura de las oraciones hirientes que son el reflejo objetivado de su corazón destrozado, obligado a reabrir la herida de su pecho; de ahí que lo nombrase de tal manera: era un fantasma sujeto a la condena eterna del tormento.
Nunca me molestó el ruido de sus llantos ni sus cavernosos sollozos. Tampoco me fastidiaba tener que limpiar sus rastros espectrales cada mañana. Me sentía acompañada. Abandonada, como siempre he estado, no tardé en apreciar su compañía de ultratumba. Por eso todos los días, consciente de su puntual aparición, dejaba sobre el escritorio una taza con café que amanecía helado y unos pañuelos que perduraban impecables. No le dejaba esa sencilla ofrenda albergando la esperanza de una respuesta, lo hacía para comunicarle que era bienvenido.
Mi feliz vida junto al fantasma llegó a su fin cuando, iracunda y desolada, llegué a casa con la terrible noticia de mi despido. La empresa para la que trabajaba me había desechado injustificadamente y reemplazado de inmediato. De ese abatimiento salió a relucir la faz egoísta: mi dolor debía ser el único.
Le eché cerrojo al cajón de las cartas y no dejé la acostumbrada ofrenda.
Él llegó, como siempre, pero no pudo realizar su dolorosa rutina. Pasó toda la noche tratando de abrir el cajón, sumido en la desesperación de no poder hallar su dolor. Me miró, con cuencas llenas de rencor, y se fue.
Desde entonces el fantasma atormentado no ha vuelto a manifestarse. ¡Cuánto lo extraño!
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