
Dicen que las casualidades no existen. Si la máquina del tiempo funcionara, regresaría a aquella tarde, habría interferido en la conversación de aquellos jóvenes viajeros. Le habría preguntado a ella la hora, inclusive habría derramado mi bebida sobre alguno, me habrían juzgado de impertinente y distraída, pero el encuentro se habría evitado. De igual forma se hubieran conocido, se habrían saludado alguna vez en los pasillos del hotel, pero la historia sería otra.
Si la máquina del tiempo funcionara, las ojeras ocasionadas por las charlas a media noche tendrían otros motivos. Por consecuencia, él jamás la habría invitado a salir, ni habrían visitado aquella ciudad, no se habrían perdido entre las calles coloridas, ni hubieran reído a carcajadas mientras compartían anécdotas o traumas de la infancia. Él no sabría que ella ama la fotografía y prefiere tomar té en lugar de café. Por el contrario, ella desconocería que él disfruta un buen vino mientras escucha un tango de Gardel.
Si esa famosa máquina hubiese funcionado, se habrían despedido sin expectativas, sin intercambiar obsequios y sin recuerdos para conservar. Sin embargo, de haber interferido en aquella conversación, tentativamente él seguiría creyendo que merece un amor a medias, porque es lo último que recibió, mientras ella tardaría más en comprender que la terapia es otro inicio para renacer. En ambas realidades, igual habrían tenido roto el corazón. ¿Cuál sería el supuesto deseable?
Si esa máquina existiese, nada de esto estaría pasando, el sobre no se encontraría en el estante ni la pluma seguiría tibia luego de haber trazado su nombre, aunque él nunca reciba el paquete. Hay mensajes que son escritos más para el remitente que para el destinatario. Sin embargo, si los hechos se hubiesen alterado, ellos tampoco habrían descubierto ese mundo de sombras ni habrían sonreído como solemos hacerlo cuando alguien toca nuestro corazón.
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